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Alfredo Cedeño

Caña, sancocho y burdel

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La historia es una reiterada representación, o serpiente que se muerde la cola, un eco que se repite sin parar pese a los infructuosos intentos, de algunas intenciones solitarias, por evitar que ello suceda. El ciudadano es un actor de reparto en un drama que han escrito otros en su nombre, sin siquiera consultarle o, por lo menos, pedirle su opinión. Los políticos, y muy particularmente los criollos, son unos saineteros con pretensiones de dramaturgos que dirigen, producen y aplauden sus montajes de cuarto pelo en los que se empeñan, sin medir gastos ni consecuencias.

Difícil dejar de pensar en la Inglaterra de finales de los años treinta, y comienzo de 1940, cuando Arthur Neville Chamberlain ejercía como primer ministro británico, al ver la tragedia que en los últimos tres lustros se ha visto obligada a representar Venezuela. El citado político británico llegó a dicho cargo en 1937, y su nombre quedó registrado en la historia como sinónimo de  pusilanimidad. Desarrolló una política de lo que le dio en llamar “appeasement” o apaciguamiento, en aras de la cual se dedicó a tolerar las políticas expansionistas de Hitler y Mussolini, y concediendo a dicho par de querubines cuanta vaina se les ocurrió pedir, para de ese modo abortar un zaperoco in extenso en toda Europa. ¿Les comienza a ser familiar el razonamiento?

Fin de fines que el bachiller Chamberlain, del cual presumo antepasado directo del doctor Chacumbele, aquel que “él mismito se mató” según nos narra la guaracha compuesta por el cubano Alejandro Mustelier, queriendo hacerse albacea de la paz mundial, se dedicó a otorgarle cuanta concesión se les antojó al par de rufianes antes citados, amparado en el argumento de que ello impediría que Adolfo y Benito se entraran a pescozones con las democracias. Fue así como el gobierno de Chamberlain, como decimos en Venezuela, se hizo el pendejo y volteó para Dinamarca cuando los itálicos invadieron Abisinia en octubre de 1935. Más tarde, empezando 1938, repitió el guion cuando el Tercer Reich, con el tipejo aquel del bigotico al frente, se anexó Austria. Sin dejar de mencionar que durante la Guerra Civil española hizo suya la bandera de la neutralidad del Reino Unido, y consumó su infamia neutral reconociendo el gobierno de Franco el 26 de febrero de 1939.

En medio de este desbarajuste geopolítico empezó su ascenso la figura ahora legendaria de Winston Churchill, quien en 1938 de manera premonitoria, ante la bajada de pantalones del señor primer ministro ante los germanos con su expansión sobre Checoslovaquia soltó su frase lapidaria: “A nuestra patria se le ofreció entre la humillación y la guerra. Ya aceptamos la humillación y ahora tendremos la guerra”.

Todo esto terminó llevando al suicida británico, por aquello de que él mismito se mató, a dejar de ocupar el número 10 de Downing Street para que el señor Churchill entrara a presidir el gobierno el 11 de mayo de 1940. Dos días más tarde da su primer discurso ante la Casa de los Comunes o ámara baja del Parlamento del Reino Unido, y allí pronuncia su célebre frase: “No tengo nada que ofrecer sino sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor” (I have nothing to offer but blood, toil, tears and sweat), frase que luego se tornaría en la más expresiva: Sangre, sudor y lágrimas, que hasta el propio Churchill utilizó para titular un libro en el cual recopiló sus discursos. Sin olvidar que fue el nombre escogido por la banda que fundaron en Nueva York en 1967 Al Kooper, Randy Brecker, Jerry Weiss y Fred Lipsius, entre otros.

He escrito todo esto porque pensaba en los momentos que ahora vivimos, y no pude dejar de preguntarme ¿cómo hubieran manejado una situación como la que tuvo frente a sí Churchill los bachilleres Ramos Allup, Borges y demás cofrades de similar pelaje? ¿Ustedes se imaginan a Ramito diciendo que lo que ofrece es esfuerzo y lágrimas? Será esfuerzo para salir mejor en la foto y lágrimas de cocodrilo. ¿Pueden atisbar a Manolito el de Mafalda –hablo de Borges, por supuesto– prometiendo sangre y sudor? Será la de las morcillas que le gusta comer en las parrillas de La Estancia y de los aspavientos que le gusta andar haciendo para también salir de primero en la televisión. Por eso lloraron tanto a Globovisión.

En este momento que vivimos hay que arrear con esta piara dirigencial que no hace otra cosa que estimular la frustración. Werner Corrales en uno de sus tantos aportes para el análisis y entendimiento de este momento escribió recientemente: “La oposición pareciera estar centrando su estrategia en influir solamente sobre lo electoral, negándose a emplear instrumentos que no solo le serían útiles sino indispensables para elevar la probabilidad de ocurrencia de un escenario en que se inicie la transición a la democracia”. En otras palabras: se dedican entusiastamente a generar falsas expectativas en los votantes. Pareciera que no saben hacer nada mejor que preñarnos de esperanzas, y nos exigen creer en fracasos. ¿Hasta cuándo?

Esta dirigencia que padecemos no nos estimula para el logro, solo nos inducen a correr tras el fiasco; es la explicación que encuentro al ver a Ramos Allup prometer que si se gana la Asamblea se liberará  a Leopoldo. ¿Acaso el Poder Legislativo manda al Poder Judicial? ¿Ese es el respeto a la división de poderes? ¿Es así como vamos a iniciar la transformación y rescate institucional que el país urge asumir? Se dedican con afán digno de mejores causas a encaminarnos hacia una ruta que no muestra opciones si la vía se tranca, camino además escogido a su debida conveniencia por los  mendaces rojos rojitos. Cuando los leo y oigo, invariablemente pienso en los consejos que el Quijote le da a Sancho antes de asumir el gobierno de la ínsula: “El necio en su casa ni en la ajena sabe nada, a causa que sobre el cimiento de la necedad no asienta ningún discreto edificio. Y dejemos esto aquí, Sancho, que si mal gobernares, tuya será la culpa y mía la vergüenza; mas consuélome que he hecho lo que debía en aconsejarte con las veras y con la discreción a mí posible: con esto salgo de mi obligación y de mi promesa. Dios te guíe, Sancho, y te gobierne en tu gobierno, y a mí me saque del escrúpulo que me queda que has de dar con toda la ínsula patas arriba”.

Por eso es que no es dificultoso suponer a Ramitos, Borges, Ismael García, o cualquier otro bicho de similares uñas, ante la decisión de enfrentar al führer ofreciéndole a la población no sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor para poder alzar el vuelo; sino convocando a unas muy enjundiosas jornadas de caña, sancocho y burdel, bailoterapias incluidas, para liberarnos de los sátrapas rojos.

 

© Alfredo Cedeño

http://textosyfotos.blogspot.com