• Caracas (Venezuela)

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Julio Parilla

Camisas rojas

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El tema de los camisas rojas venezolanos da dentera. Recuerda a loscamisas negras de Mussolini, en una Italia fascista, anegada en medio de laintimidación y del asesinato. Los camisas pardas del Tercer Reich y los camisasazules de la Falange Española, no tenían mucho que envidiarles. Representaban elrostro más siniestro de regímenes totalitarios, en las antípodas de lademocracia y de la libertad. Cambia el color de la camisa pero se mantieneintacto el desprecio por la dignidad humana.

Hoy nos toca contemplar con horror cómo el gobierno de Nicolás Maduro hagestionado las protestas, que ya se han cobrado cuarenta muertos. Losdefensores del Régimen se sienten legitimados para mantener un modelo degobierno capaz de hundir al pueblo en la más grande de las miserias. ¿Cadacuántos minutos la delincuencia asesina a una persona en Venezuela? ¿Hastacuándo será posible mantener la legitimidad de un régimen que, mientras hablade paz, golpea y mata a ciudadanos? La imagen de una Venezuela ingobernablequeda maquillada con la presencia de los cancilleres de la Unasur. Las protestas,la represión y el desastre económico se han ido enquistando con el tiempo. Porel momento, la única respuesta ha sido la violencia, la arbitrariedad y lacensura informativa, el recorte de las libertades y los atentados contra lavida. Son temas que no se solucionan de cara a la galería debatiendo entelevisión... Mientras no haya voluntad de crear una sociedad ética ydemocrática, todo serán cortinas de humo.

Me uno a Amnistía Internacional y, sobre todo, de la Conferencia EpiscopalVenezolana. Mis hermanos obispos han sufrido con el pueblo, se han pronunciadocon valentía y han intentado ser instrumentos de paz, quizá por esoridiculizados por los que no la quieren. Las palabras y las iniciativas caeránen el vacío mientras no haya disposición de ir al fondo de la crisis, derectificar políticas, de garantizar la seguridad y la vida de los ciudadanos,de frenar a los grupos de choque, a los camisas rojas, capaces de matarimpunemente.

Hoy está en juego, en esta Venezuela ensangrentada, el sistemademocrático, el único capaz de garantizar la vida y el futuro en paz de losciudadanos. Las revoluciones que anteponen el poder a la vida y a la libertadde las personas sólo generan miseria. Los pueblos bolivarianos tienen derecho abuscar caminos de desarrollo que ayuden a salir del atraso y de la pobreza.Pero nadie sacará a nadie de la postración al precio de ignorar derechos ylibertades. La democracia es como el pan: hay que ganársela día a día. Bien losabía el viejo Mandela cuando advirtió a los suyos, ahogados por la sed de lavenganza, que era más importante el voto que la guerra. Pero Mandela era unestadista, un hombre ético, al que su país entero le cabía en el corazón.

Bien haría la oposición en conciliar. No es momento de dividirse, sinode apostar por Venezuela.