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Luis Pedro España

Camino electoral

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Puede que sea en tres meses, seis o dentro de un año, pero resulta inminente que vamos a un nuevo proceso electoral producto de lo que terminará siendo una falta absoluta del Presidente. Como es lógico suponer, y mientras las condiciones físicas lo permitan, el Gobierno tratará de dibujar lo mejor posible una transición que permita la continuidad. Puestos a escoger qué mejor que esperar hasta la mitad del período, pero seguramente eso no será posible.

Será, entonces, el pueblo de Venezuela el que terminará avalando o no el intento de continuismo más allá del líder. Para lograr ese objetivo se están valiendo más del poder para anular a la oposición que de proponer argumentos que convenzan a la mayoría de que lo más conveniente es que los herederos sigan mandando.

Atrás quedaron los días de las propuestas, no importa si viables o sensatas, desde las cuales este Gobierno cautivó al pueblo venezolano. Son ya muchos años mandando, todo un boom petrolero invertido en el poder y un largo corrimiento de arruga, hasta que lo inevitable no pudo sino llegar. La artificiosa bonanza, mal invertida y peor utilizada, terminó en lo de siempre, un programa de ajuste económico (heterodoxo, claro está) que va a diluir en meses los avances que se lograron en años.

Pero, mientras que para otros gobiernos de la democracia la sucesión bonanza-recesión terminó en aplastantes derrotas políticas, en la actualidad el truco de la polarización y la utilización del poder sin ningún rubor para acallar al resto de las alternativas políticas por medio del ahogo económico, la persecución judicial y el cierre progresivo de las formas de comunicación con el pueblo han significado que el fin de este proyecto sea un poco más largo del esperado.

No hay la menor duda de que uno de los méritos (si puede llamarse así) de este Gobierno, fue dotarse de una iconografía y una identidad basada en el pasado que le dio sentido de pertenencia a la Venezuela humilde y sobreviviente de los desastres del pasado. Pero también es cierto que en la última elección la alternativa a este Gobierno logró armar un mensaje basado en el futuro (lo cual, evidentemente, es más difícil de construir, dada la necesaria abstracción que hay que hacer para referirse e imaginar hasta identificarse con lo que aún no ha ocurrido), la cual, si bien no logró la mayoría, efectivamente llegó a capturar sectores y lugares que nunca antes había siquiera referenciado en el pasado.

Eso lo sabe el Gobierno, por eso lo despiadado del ataque, lo continuo de su radicalismo, los sucesivos episodios de persecución y los niveles de represión a los que puede que lleguen.

Como de sobra sabemos la inviabilidad económica del proyecto que abriga este Gobierno, por sí sólo no es suficiente para desatar cambios políticos. Pero mientras se mantenga el rumbo institucional y electoral, el principio de empatía con el pueblo se vaya profundizando y no se pierda tiempo esperando que ocurran cosas distintas de las que hacemos, la oportunidad de un nuevo gobierno siempre estará en la puerta.

De ir a un proceso electoral, seguramente después de las elecciones municipales, el camino de la oposición puede que sea (aunque paradójico) más difícil que el del pasado 7 de octubre. Un presidente retirado pero ejerciendo influencia espiritual y carismática, toda (y ahora sin ningún recato) una maquinaria del Estado al servicio del vicepresidente candidato, junto con lo que necesariamente será una campaña electoral relámpago y con poco tiempo para contrarrestar la capacidad de llegada del Gobierno, hará que las cosas sean muy difíciles.

La campaña debe empezar ya. Si la oposición quiere tener opción tiene que salir a reencontrarse con sus casi 7 millones de electores y explicarles, nuevamente, que sí hay un camino.