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Carlos Delgado Flores

Caminar y mascar chicle al mismo tiempo

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El pasado viernes 2 de mayo, el movimiento estudiantil propuso la convocatoria a una asamblea nacional constituyente, como espacio de encuentro para recuperar la democracia en Venezuela. Este diario publicó unas declaraciones del bachiller Carlos Vargas, secretario de asuntos externos del Cogres UCAB, las cuales cito, a propósito: “Desde hace muchos años vemos el quebrantamiento de las bases democráticas del país. Hoy los jóvenes vivimos el odio, la violencia más despiadada y el dolor más profundo. Algunos hablan del camino, otros de la salida, cuando lo que hay que escoger es la ruta. Creemos que esta es la alternativa democrática que debe cumplirse”.

En honor a la verdad, debo decir que yo nunca, hasta ahora, he estado de acuerdo con esa convocatoria, no por idolatría institucional (perniciosa, como es, igual que todas las idolatrías), ni porque necesariamente piense que la Constitución de 1999 es la mejor que hayamos tenido en nuestra historia republicana: tiene cosas buenas, pero no hay que exagerar, no. Mi desacuerdo está en que acaso, en esa convocatoria, no está suficientemente claro el tema de los medios y los fines para los cuales esta se piensa. En diciembre pasado, un grupo de académicos fuimos consultados sobre esta idea (#lasalida) y expusimos nuestras críticas; yo en lo particular recuerdo haber dicho que una constituyente no se hace para cambiar un gobierno sino para cambiar un Estado, en el marco de un proyecto país y en concordancia con el proyecto nacional, pregunté dónde estaba ese proyecto y la respuesta que obtuve de una respetable jurista fue este argumento: “Lo mejor es enemigo de lo bueno… algo hay que hacer”.

Tres meses después del conflicto, la idea vuelve a asomar, al igual que nuestras sospechas que no sea más que un episodio del seriado continuado de wishful thinking, tan abundante en nuestra política, tan sospechoso de voluntarismo, de contingencialismo y de otras trazas de nuestro modo de ser ciudadanos. Pero hay cosas que han cambiado radicalmente, tanto, que configuran un nuevo contexto, en el cual este escribidor se replantea sus argumentos para buscar con ellos alguna perspectiva, ejercicio que ahora comparto.

La constituyente dejó de estar en la agenda del conflicto después del 19 de febrero, cuando se produjo la detención de Leopoldo López. Desde entonces no se había vuelto a tocar, hasta ahora. Conviene recordar, además que, antes de que Henrique Capriles hablara de la necesidad de conformar un gran movimiento social que buscara salidas institucionales (constituyente incluida), ella fue tema de la asamblea de los autoconvocados en plaza Brión, el 23 de enero, y del remitido de “La salida” publicado en prensa nacional el 7 de diciembre; pero antes de eso, el último que había hablado de constituyente había sido el general (r) Raúl Isaías Baduel en su libro Mi solución (Caracas, Libros marcados, 2008).

¿Está la constituyente en la agenda de la gente? En marzo de este año, IVAD realizó dos tracking telefónicos, donde uno de los temas consultados eran salidas políticas al conflicto. La petición de renuncia de Maduro figuró con un apoyo de 53,4% de acuerdo, 14,3% del mismo en el oficialismo, 49,6% en el nivel socioeconómico D. Pero la convocatoria a la asamblea nacional constituyente obtuvo aún más apoyo: 62%, 30,1% del mismo en el oficialismo, 60,8% en el mismo nivel socioeconómico. ¿Se trata de una idea que tiene alguna forma en la opinión pública que no es recogida ni por los medios de comunicación social ni por las instituciones del statu quo?... Pues no sería la primera vez.

Por otra parte, está circulando por las redes sociales y paulatinamente siendo recogido por escribidores varios, el documento Proyecto país: Venezuela reconciliada vía constituyente, promovido por un grupo de opinión que se denomina Movimiento de Independientes Democráticos, con base en el estado Táchira. El documento plantea aspectos de proyecto a incluir en una eventual convocatoria, con los cuales se conforma otra visión del Estado distinta del Estado democrático y social de derecho y de justicia, que expresa el artículo 2 de la carta magna: un Estado federal, democrático y descentralizado, articulado en cuatro ámbitos (Estado, familia-sociedad, territorio y economía), 12 ejes y 102 objetivos específicos. El documento está fechado en diciembre 2013, y el prólogo, escrito por Enrique Colmenares Finol (ex ministro del Ambiente en la segunda administración de Carlos Andrés Pérez) está fechado en enero 2014.

Y mientras esto ocurre, ha transcurrido un mes de la convocatoria a la mesa de diálogo (de Estado) entre el gobierno y la oposición, con facilitación internacional, sin resultados tangibles, pero, principalmente, sin confirmación por la vía de los hechos de la buena voluntad del gobierno para aceptar compromiso alguno. La fuerte represión y criminalización de la protesta estudiantil, alegando conspiraciones e intenciones desestabilizadoras, así como la negativa a la propuesta de amnistía cierran el margen de lo que puede acordarse por parte del gobierno, de allí que la MUD plantee retirarse de un diálogo que no luce como tal.

Con estos datos de contexto, quizás tenga algún sentido formularse algunas preguntas:

¿Acaso el tema de la constituyente ha devenido en una suerte de tabú, satanizado a un tiempo por el gobierno que lo asume como argumento de una conspiración; y por parte de la MUD, que ve en ello el resurgir del sentimiento antipartidista, como hace diez años, en 2004?

¿Puede el rechazo a la constituyente poner de acuerdo entonces al statu quo? 

¿Pasa entonces la oposición, en tanto parte del Estado, a cohonestar la actual situación del Estado contra el ciudadano?

¿O es que a estas alturas estamos considerando que esto es apenas un mal gobierno?

¿Puede la constituyente ser un medio para que los objetivos históricos que se planteó el movimiento estudiantil –rescatar la democracia y reconciliar el país– permitan articular un consenso social que accione un gran lobby de calle y brinden al diálogo una opción política que le suba el costo de represión al gobierno y se lo haga mayor a su costo de tolerancia (habida cuenta del apoyo de 30% del chavismo a la idea de la constituyente)?

O formulado de otro modo: ¿es posible hacer un consenso social que considere la constituyente como medio para recuperar la democracia y reconciliar el país, que constituya una oferta que la oposición pueda ofrecer al chavismo en la mesa, pero principalmente fuera de ella?

¿Se puede caminar y mascar chicle al mismo tiempo?

Puede que tenga una opinión sobre estas preguntas, pero por ahora no tengo respuestas. No estoy en mi postura inicial sobre la constituyente, aunque sigo escéptico, pero desde otro punto de vista. Ojalá estas preguntas circulen y den para una buena discusión, que contribuya a sustraernos del falso dilema que nos coloca entre radicales y panzas, para gozo y beneplácito de los divisionistas.