Cambio soberanía por cesta básica
19 de agosto 2012 - 16:59
Dicen que un hombre que no aprende de la historia nunca deja de ser un niño, y, en el caso de Venezuela, ese hombre-niño sigue eternamente aferrado a las clases de cuarto grado, seguramente dictadas por una maestra inolvidable que glorificaba las hazañas del Ejército Patriota, con banderitas amarillo, azul y rojo en el pizarrón y tarareaba la música de la película La marca del Zorro (interpretada por Tyrone Power): Tan, tantan, tararantan, tan, tan, tararantan.
Las lecturas que se recomiendan, en los distintos niveles de la educación, por lo general no hacen más que reforzar el endiosamiento y la apología de los patriotas en detrimento de la mínima objetividad, comenzando por la Historia elemental de Venezuela del sacerdote, lasallista de origen francés, hermano Nectario María (Louis Alfred Silvano Prationg Bonicell Gal), obra incondicional y aclamacionista, a pesar de que el autor fue víctima de nacionalistas a ultranza que llegaron a prohibir a extranjeros enseñar materias relacionadas con la nacionalidad (curiosamente desarrolladas principalmente por extranjeros, desde Alexander von Humboldt hasta Manuel Pérez Vila).
Luego es casi inevitable toparse con la epopeya en prosa Venezuela heroica, de Eduardo Blanco, símbolo literario del culto a la patria (para colmo con prólogo de José Martí), que como ministro de Instrucción Pública cerró dos de las cuatro universidades que había en el país a principios del siglo pasado, la de Zulia y la de Carabobo, y eliminó las clases superiores del Colegio Nacional de Guayana, por considerar que se corría el riesgo de crear "un proletariado intelectual".
Y hasta las obras de Vicente Lecuna, ingeniero, banquero e historiador, con muchos méritos como compilador, organizador y conservador del Archivo de Simón Bolívar revelan (al igual que otras muchas) pocos escrúpulos a la hora de tapar lo malo, lo feo y lo inconveniente del Libertador (hay un certificado médico sobre una infección en el ano, fue burdamente tachado, quién sabe por quién).
Quienes manejaron la historia según sus intereses, religiosos, políticos o sociales son en cierta forma responsables de que haya sido utilizada (ahora más que nunca) por bufones, chovinistas, chantajistas, con un concepto de patria mezquino y atrasado, defensores de una soberanía a la que nadie amenaza (muchos países desarrollados la delegan) y de una identidad inexistente: "...Si acaso existe alguna debe ser muy fea", decía Salvador Garmendia, y ya estamos viendo lo fea que puede llegar a ser.

