• Caracas (Venezuela)

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Armando Martini Pietri

Cambiar el status quo, ése es el problema

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Los ciudadanos envían señales de fatiga y hastío cuando lo sienten, sólo que algunos políticos son tan tontos que no lo creen o tan torpes que no lo saben ni leer y menos aun comprender. Cuando la mentira, demagogia y populismo se adueñan de los políticos y de esa plaga que son los politiqueros, comienza un deterioro que no se termina, hasta que se erosionan al límite que se quedan solos o son echados del poder, en el mejor de los casos por elecciones, aunque no necesariamente el nuevo elegido sea el mejor. Los pueblos no siempre tienen razón. Un ser humano, por sí mismo, es capaz de analizar; dos o tres pueden debatir e intercambiar ideas. Pero cuando el individuo se hace parte de la multitud se transforma, se diluye en un instinto, se hace emocional. Fenómeno que muestra el poder de convocatoria de las grandes audiencias de un cantante, un líder político. Sin embargo, en su gran mayoría esos manifestantes no van a pensar, asisten para alimentar sus emociones, van a excitarse. Y con esa profunda emoción acuden a los centros de votación, muy pocos analizan y depositan el voto que tenían atornillado en el corazón. ¡Soñar puede ser peligroso!

Sucedió en Estados Unidos.

Hace 9 años comenzaron las señales, un joven y novel Senador por Illinois, afroamericano, desconocido y sin trayectoria política, Barack Obama, derrota a la más ilustre representante del status quo de la política, Hillary Clinton. La reacción popular por aquél recién llegado, no sólo mantuvo sino que expandió un mensaje densamente emocional, cambiar lo que venía sucediendo. Restablecer la grandeza que a los estadounidenses halaga, demoler el establishment; en otras palabras –aunque nunca utilizó esos términos– hacer una revolución. “Yes, we can”, fue el slogan que sonaba como música divina. Sin tradición política, con un pasado lleno de misterios y oscuridades personales, estremeció al mundo al convertirse en el Presidente 44 de los Estados Unidos.

Sin embargo, no cumplió del todo, bien porque no haya querido, podido o no lo hayan dejado. Siguió siendo popular, excelente orador, hermosa familia, sobrio y sin escándalos. Ganó la segunda presidencia con menos votos, perdió la mayoría que disfrutaba en el Congreso. ¡Otra llamada de alerta!

La clase trabajadora sintió crecer su miedo por la desaparición de empresas capaces de amplias y sólidas contrataciones, también la convicción que el creciente arribo de inmigrantes amenazaba sus puestos de trabajo. Por si fuera poco, consideraron que el Gobierno en manos de Obama, no se solidificaba como la gran potencia mundial, sino que retrocedía. Escucharon del enorme crecimiento chino, la fuerte expansión económica e imperialista de Rusia, la irreverencia y falta de respeto del castro-madurismo, la teocracia iraní, la exhibición y amenazas misilísticas de Corea del Norte y el mejor ejemplo, las negociaciones con los aberrantes tiranos cubanos.

Con toda esa carga, Hillary Clinton volvió a presentarse, diciendo que los Estados Unidos están muy bien y todo seguirá igual. Insistió en seguir representando el status quo y su maquinaria barrió con su rival, el no tan joven pero activo senador Bernard “Bernie” Sanders, que entusiasmaba, especialmente a los jóvenes pero atemorizaba con sus ideas socialistoides. Mientras la Secretaria de Estado razonaba, con amplia experiencia, presentaba mensajes de continuidad –es decir, lo que millones ni creían ni querían. Pero es que el mundo preferiría la tranquilidad y la ductilidad de Obama, y no la posición retadora del millonario.

Donald Trump derrotó a quienes compitieron en el Partido Republicano. No con planteamientos republicanos, sino con ideas novedosas. Sacó a la vista pública complejos y temores de los trabajadores de exigua educación, los que no montan empresas sino que trabajan –o aspiran hacerlo. Conquisto a quienes se sienten grandes si Estados Unidos es grandioso, interpreto a los que aportan los jóvenes que después van a combatir, sufrir y morir en las guerras, y desentraño los que sienten extraño la piel oscura e idiomas diferentes.

Dijo lo que querían oír. Lo que los estadounidenses llaman pedantemente “América”, volvería a ser la gran potencia del mundo. Que las empresas regresarían de sus exilios económicos, bajar los impuestos, echaría a inmigrantes ilegales, no aceptaría refugiados sirios, suprimiría el obamacare y evitaría que EUA se devalúe a ser otro país del tercer mundo. Mostrando posiciones personales seductoras a ese sector enorme de la población. Rubio, blanco de piel rosada, anti Cuba, anti homosexualismo, anti aborto. Se vestía de presidente, viajaba en su avión privado, informaba que su campaña la pagaba él y no le debía nada a nadie, se paraba frente a multitudes a revolver sus emociones profundas. Se enfrentó al status quo, la vieja política, la tradicional. Se comportó con la frescura y la emoción del advenedizo que rompe con todas las reglas conocidas, desafía a líderes importantes y tradicionales del partido, se fajó duro con los medios de comunicación, empresas encuestadoras, mujeres, islámicos, mejicanos, latinos, lo tildan de machista y homofóbico. Ni lo negó ni mostró arrepentimiento creíble, fue irreverente. Logró triunfar, para asombro mundial. Un empresario multimillonario –y en Estados Unidos ser millonario no es algo para criticar por el contrario, para emular y admirar. No tenía carrera ni experiencia política, es decir, para sus entusiastas, no estaba contaminado ni condicionado, por lo tanto podía renovar y reconstruir una nación.

Pudiéramos comparar o al menos tratar de hacer el ejercicio con nuestro país, guardando las diferencias, pero en todo, el denominador común: el descrédito de los dirigentes comienza a hacer estragos. Inglaterra con el Brexit, Colombia con el referéndum aprobatorio sobre las condiciones de paz con la FARC y ahora EUA con Trump. ¡Historias comunes, por analogía!

Los partidos políticos del establisment venezolano hicieron todo cuanto pudieron para evitar un triunfo de aquel comandante que se les apareció sin ninguna trascendencia salvo la intentona del 4 de febrero. Fue muy poco lo que pudo, ya estaban alejados de la realidad. El ciudadano vivía harto, bravo, decepcionado, fastidiado de guasas y picardías politiqueras, se volcó, dio su confianza y fe a Hugo Chávez. ¡Los pueblos se equivocan!

Transcurrido el tiempo comenzaron a las señales de agotamiento por los errores del chavismo, cuando estuvo en contra de la enmienda constitucional sonó la alarma, para luego poner en ascuas al recién estrenado régimen de Maduro, al perder éste, en menos de dos meses, más de 700 mil votos. No satisfechos, comprobando además en carne propia que Nicolás Maduro y su Gobierno no eran Chávez ni sabían dar soluciones a los problemas heredados, ese mismo pueblo, a gritos que nadie oía, dio una pela al madurismo en las elecciones de la Asamblea Nacional.

Pero ese mandato, esa confianza, una vez más siguen siendo defraudados e incumplidos por los políticos y un año después, llega de nuevo la frustración y el descontento. El madurismo es el status quo que la mayoría quiere cambiar, y la oposición se debate entre indecisiones, divisiones, legalismos y un creciente recuerdo a aquél status quo que fue barrido en 1998.

Venezuela no se escapara de la furia de los ciudadanos y más temprano que tarde aparecerá un líder mujer u hombre que de fin a lo establecido, guie con audacia, valor y arrojo, sin mentiras ni acomodos, con moral y ética, sin doble discurso ni doble moral, hacia la libertad, democracia y mejor vida que nos permita disfrutar en el futuro de un gran país.

 

@ArmandoMartini