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Carlos Paolillo

Cambiar El Cascanueces

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El Cascanueces es una obra que forma parte de la historia de la danza clásica venezolana desde sus mismos orígenes. La afamada Anna Pavlova incluyó los más significativos momentos de ella en sus legendarias presentaciones en Caracas y Puerto Cabello de finales de 1917. Al término de los años cuarenta Steffy Sthäl, la bailarina austríaca que transformó las visiones del cuerpo de miles de niños y jóvenes caraqueños a través de sus lecciones de gimnasia rítmica, representó con los estudiantes de su escuela de ballet la suite del célebre título de Petipa, Ivanov y Tchaikovsky.

Ya en los inicios de los años setenta, Marisol Ferrari escenificó la versión completa de la obra con el Ballet de Cámara de la Universidad del Zulia, y a mediados de esa misma década Nina Novak hizo lo propio con el Ballet Clásico venezolano. Keyla Ermecheo en 1980 realizó para el Ballet Metropolitano la producción integral según el abordaje coreográfico de Héctor Zaraspe, maestro argentino de reconocimiento internacional, enfatizando aún más el entusiasmo mayoritario por este título. Finalmente, en 1997, Vicente Nebreda convierte El Cascanueces en un espectáculo de nivel superior con los integrantes del Ballet del Teatro Teresa Carreño, consolidándolo definitivamente dentro de la tradición escénica de Venezuela.

A todo esto habría que añadir que el espíritu del universal cuento recorre todo el país a través de los montajes escolares, resueltos con mayor o menor rigor, que se multiplican cada año en academias y centros de estudio, haciéndolo una costumbre venezolana definitivamente arraigada.

Hace algunos días el recién designado director artístico del Ballet Teresa Carreño anunciaba la nueva temporada de El Cascanueces, que se había iniciado en los espacios abiertos del Centro Cultural La Estancia, antes de regresar como cada año a la Sala Ríos Reyna. Habló de su preocupación por preservar el código estético de Nebreda, destacando acertadamente que el público venezolano se reconoce en el característico lenguaje del coreógrafo. También dejó deslizar algo inquietante, tal vez por lo recurrente del señalamiento, en relación con la pertinencia de la actual versión, asegurando que –según su opinión de especialista– no sería necesario modificarla, a no ser que operara una decisión de la directiva del teatro.

El Cascanueces de Nebreda es notable. Su primer acto no tiene equivalente en el mundo por su regocijante fasto y su gratificante sentido del espectáculo. El segundo se atiene a la brillante tradición académica, que exige verdaderos primeros bailarines y solistas relevantes para una representación trascendente. Por tanto, no habría que cambiar el concepto ni su tratamiento coreográfico, sino desarrollar los cuadros profesionales de la compañía hasta elevarlos a las exigencias de esta obra y de todo el repertorio romántico-clásico. Se trata de un símbolo escénico querido por la mayoría, que lo ha visto en vivo o por televisión, que debería perdurar.

El Cascanueces es ante todo universal y también venezolano.