• Caracas (Venezuela)

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Antonio López Ortega

Calle ciega

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A diferencia de las distintas crisis que han hundido al país en los últimos tres lustros, la que se profundiza día tras día en este comienzo de año tiene un elemento diferenciador: no puede ser contrarrestada con ingresos fiscales, pues estos se han evaporado. El Estado está técnicamente quebrado y el único cheque que logra cobrar de manera puntual –se entiende que el de Estados Unidos, a la sazón el único financista verdadero que ha tenido esta “revolución” y no chinos o rusos– es insuficiente para un gasto público sobredimensionado. En esta coyuntura, es realmente impresionante ver la absoluta ineficacia del gobierno, su absoluta impericia. Por diálogo entienden sentarse con los diferentes “sectores” para no resolver nada, pues nada pueden resolver. Al final, después de exponer que algo podrían pagar con bonos de la República (devaluados en 60%) o con gasolina para aviones (Pdvsa ya no produce las cuotas suficientes), lo que queda es el rostro aciago de un deudor que antes fue un nuevo rico manirroto o sencillamente ladrón. Funcionarios prominentes del régimen ya han advertido sobre la fuga milmillonaria de divisas. ¿El aparato militar del régimen no tiene cómo atraparlos y juzgarlos? ¿O están muy ocupados reprimiendo a estudiantes o periodistas?

Hacia donde se mire, todos los sectores de la economía se paralizan: el farmacéutico sin medicinas, el automovilístico sin piezas para ensamblar, el gráfico sin insumos de ningún tipo, el periodístico sin bobinas de papel, el universitario sin sueldos, el hospitalario sin equipos, el aeronáutico financiando boletos que el régimen no cancela. Faltaría tan solo el agroindustrial, ya bastante afectado, para preguntarnos qué haremos cuando no haya qué comer. Una imagen recurrente muestra todas las semanas las largas colas de las empanaderas margariteñas que esperan la harina de maíz. ¿Qué pasaría si también este primordial insumo deja de llegar? A menos que de la ausencia absoluta de leche, a la que también nos hemos acostumbrado –acto criminal contra nuestros infantes que nunca tendrá responsables–, nos quedemos también sin arepas. La inanición podría ser una ocurrente política de Estado.

Mordaces en cuanto a la inversión del lenguaje, esta mal mentada “guerra económica” debería llamarse más bien “guerra contra la economía”. Porque eso es lo que el Gobierno ha hecho a lo largo de quince años: destruir la economía nacional. Diezmaron el aparato productivo, expropiaron miles de empresas que están en la ruina, ahuyentaron todos los capitales, intervinieron el comercio, hirieron de muerte incluso a Pdvsa, la supuesta gallina de los huevos de… Hoy el ogro está arruinado y da manotazos como un ciego. Tiene poder, armas y fuego, pero nada más: los acreedores lo acosan, los beneficiados de otrora le huyen, los deudores se le esconden. Es un invitado penoso de las cumbres locales, porque antes lo alababan pero ahora solo le cobran. Gobierno de pacotilla, de mascarada, de ineptos. La única doctrina imperante en estos años de monserga socialista ha sido el dinero. Solo que el dinero todo se lo han llevado, dejándonos las cuentas que nadie sabe cómo pagar. Esta es la “patria nueva”, la que heredarán nuestros hijos sin los ladrones que retozan en Suiza.

Si ante el parapeto resquebrajado los estudiantes marchan, los editores convocan, los trabajadores reclaman, los empleados públicos protestan o las amas de casa se quejan, ¿vamos a ripostarles con las armas de la República? ¿Quién puede hablar hoy de golpe de Estado? O mejor: ¿quién ha golpeado sistemáticamente al Estado venezolano por quince años consecutivos hasta convertirlo en la papilla que es hoy? El ogro ciego no puede pretender que el reclamo más que legítimo de los distintos sectores se atienda con represión. Hoy se trata de un clamor nacional, que debe ser escuchado como lo que es. O este país se vuelca a la resolución de sus necesidades, que no son poca cosa, o nos sumergimos en la calle ciega de la Historia, que es adonde el gobierno nos quiere llevar.