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Itxu Díaz

Callar a Chataing

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La mayor parte de los gobernantes subestiman el poder del silencio.

Permanecer callados ocasiona numerosos beneficios para la salud. Para empezar, con la boca cerrada disminuye considerablemente el riesgo de ingesta accidental de insectos. El silencio facilita que las tonterías se queden en el interior de uno, y allí, al cabo de un tiempo, se desintegran. Hablar es exponerse a mostrar al mundo la propia incultura, los miedos y complejos, los planes secretos más siniestros, y la mala educación. Yo acostumbro a estar callado y así la mayor parte de la gente cree que oculto una gran sabiduría. El mejor representante de esta escuela es el francés Hollande, cuyos silencios hacen creer al mundo que está meditando sobre las tesis de Immanuel Kant en Crítica de la razón pura, cuando en realidad está calculando cuanto falta para la hora de comer.

Dice el gran Alfonso Ussía que, a lo largo de su vida, una persona llega a decir una, o a lo sumo dos, frases trascedentes. No hay nada más peligroso que un tipo que cree que tiene muchas cosas importantes que contar al mundo. De este mal adolecen la mayoría de los gobernantes más déspotas. Maduro no es la excepción. Y cuando se habla tanto, cuando se habla a todas horas, cuando se habla hasta debajo del agua, se acaba soltando inevitablemente aquello que se quería ocultar.

Hay dos cosas que hemos aprendido al ver a Nicolás Maduro desvincularse a toda prisa de la retirada del programa del humorista Luis Chataing. Una, que ha sido él. Dos, que tiene el mismo sentido del humor que un cangrejo panza arriba. Es fácil saber cuándo un niño ha cometido una travesura. Por lo general, acostumbran a disculparse antes incluso de que nadie les pregunte. En su discurso del “yo no he sido”, tras asegurar que a veces veía el programa, al presidente venezolano se le veía consternado por la noticia. En realidad, sólo le ha faltado levantar las manitas y agitar el trasero entonando algún clásico del repertorio festivo hawaiano.

Que a los políticos les escriban los discursos tiene la enorme ventaja de que nos ahorramos saber lo que realmente piensan. Además, la mano ajena siempre discrimina mejor lo que es necesario decir y lo que sobra.

Fidel Castro es el mejor ejemplo de lo contrario. Inició toda una escuela política, que luego han continuado mandatarios como Chávez o Maduro, en la que lo peor no es el abuso de poder, el populismo, o la falta de respeto a los derechos humanos. Lo peor, sin duda, es que están convencidos de que la solvencia e idoneidad de su discurso político es directamente proporcional a su duración. Así fue como Castro logró el récord del mundo de desvanecimientos de periodistas en ruedas de prensa. La gente no iba a sus conferencias sino que se mudaba a ellas. La mitad de los asistentes –incluso los más fervientes castristas- se quedaban dormidos, mientras que la otra mitad rezaba para que arreciara viento y se le volasen al menos algunos papeles del discurso.

A Maduro no se le pueden volar los papeles porque generalmente improvisa, dejando al descubierto todo lo que lleva dentro, para regocijo de sus críticos, que ven que su trabajo está hecho sin mover un dedo. En esta ocasión su incontinencia verbal ha estado acompañada de un intento fallido por resultar gracioso, precisamente a costa de la censura a Chataing. Alguien debería explicarle a Maduro que el silencio es un gran servicio a la patria. Y que está perdiendo el tiempo: Chataing no va a callarse ni de broma.