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El filósofo alemán Max Horkheimer percibía al individuo moderno transitando un “solo camino para arreglárselas con el mundo”: dejar de lado la posible realización de sí mismo. El ser humano sujeto a las condiciones de la cultura de masas únicamente puede competir, complacer y conquistar adaptándose a los modelos privilegiados por la sociedad de consumo. Para Horkheimer, imitar es la condición necesaria si se desea pertenecer a un grupo de amigos, un equipo deportivo o un trabajo. Él hallaba en el mimetismo el recurso biológico de la supervivencia.

Si tomamos las ideas de autorrealización imposible y supervivencia, y desde ellas observamos el jolgorio ocasionado por la aparición de Caitlyn Jenner en la portada de Vanity Fair, podemos hacernos algunas preguntas útiles para abordar la crisis, la fragilidad y el miedo en el mundo actual: ¿cuáles son las nuevas alianzas entre el cuerpo y la identidad? ¿Son alianzas definitivas o aún son muy frágiles para resistir el miedo a lo diferente? ¿El cuerpo está en crisis y debemos hacer un esfuerzo por entender sus nuevas configuraciones? ¿Estamos frente a un espejismo o es un problema concreto?

El transgénero no es una novedad, su lucha por hacerse un espacio justo en la cultura comenzó tiempo atrás. Muchas personalidades del mundo del cine y de la moda han tomado la decisión de transformar su cuerpo para adaptarlo a la identidad que su conciencia acepta. Podemos mencionar a Lana Wachowski, uno de los realizadores del filme The Matrix; a la modelo australiana Andreja Pejić, quien se siente viviendo entre dos géneros; a la actriz norteamericana Hari Nef, cuya meta es ser el primer transgénero en ganar el Oscar; a la estrella del porno Kimber James o al productor y activista Buck Angel. En Venezuela la figura pública más destacada es la profesora Tamara Adrián. Sobre ella Elia Schneider hizo un filme en 2013.

La transformación de Bruce Jenner no va a saturar la discusión sobre el transgénero y no parece suficiente para adelantar una reforma profunda en favor de sus derechos civiles. Hasta ahora la diatriba en los medios y redes sociales ha orbitado alrededor del aspecto, la fama y el dinero de la nueva Caitlyn. No percibimos en el debate la conciencia de una nueva alianza, sino un riguroso compromiso con la mímesis: para vender es necesario diferenciarse. En un mundo sobrecargado de estímulos la industria del espectáculo ha hecho del “anormal” el nuevo “normal”. Sin embargo, este espejismo puede ser una oportunidad para llamar la atención sobre la crisis del cuerpo y las formas emergentes de nuestra constitución humana. También sobre la urgencia de pensarlas.

Lo trans como condición de la cultura contemporánea no debe reducirse al transgénero, está en todos los escenarios. La polémica elección de Ariana Miyamoto como Miss Japón 2015 es un buen ejemplo. Su mezcla racial, japonesa y afroamericano, para el siglo pasado estaría resuelta en el concepto de mestizaje. Pero en el siglo XXI eso importa menos pues el asunto esquiva el tema de las razas originarias y el producto de su mezcla. Es el desplazamiento del modelo tradicional japonés, en tránsito hacia alianzas visuales nuevas y muy frágiles aún, lo que hace incómoda la presencia de su cuerpo. Si bien la condición de modelo la encierra en una identidad sujeta a medidas y estatutos, su gesto de rebeldía contra el prototipo tradicional nipón genera un llamado de atención tan útil como el de Caitlyn.

¿Por qué es importante evaluar estas nuevas alianzas entre cuerpo e identidad? ¿Por qué no desestimar las tensiones generadas con la aparición de modelos trans en la industria del espectáculo? Hay una respuesta inobjetable: ellas no incluyen al ser humano común. La vida de los transgéneros o de las identidades emergentes, en el circuito anónimo de las ciudades, no es la del padrastro de las Kardashian o la de una modelo famosa. Es en ellos, donde la opción de abandonar la realización de sí mismo, señalada por Horkheimer, cobra mayor fuerza. Las estrellas pueden vivir con aceptación o rebeldía la crisis del cuerpo sustentados por su estatus. Obviamente eso no los libra del miedo, pero les ofrece alternativas para manejarlo. La gente común no las tiene y están solos tratando de salir sobrevivir.

Ray Kurzweil, director de ingeniería de Google, ha lanzado una predicción: en el año 2030 los humanos seremos un híbrido entre biología y tecnología. Una alianza profunda para la cual no estamos preparados. Cerrar los ojos acentuará la crisis, la fragilidad y el miedo a las transformaciones de esa forma incómoda llamada cuerpo.