• Caracas (Venezuela)

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Ana María Matute

Caliente, amargo, fuerte y espeso

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Aquel difícil pero aleccionador viaje que hice en los años noventa a Cuba me enseñó muchas cosas, y aún lo hace. Les he mencionado varias veces la experiencia, y podrán entender entonces lo que me marcó. Sigo.

El alojamiento en el hotel Habana Libre incluía el desayuno, así que la primera mañana Eddy González y yo bajamos a desayunar antes de disponernos a recorrer las calles. El café para mí es muy importante, así que fue lo primero que me serví y, como era joven, le puse azúcar. No supo a nada, sencillamente a nada. Probé directamente el azúcar de la bolsita, nada. Pensé que estaba enferma y, para variar, le pregunté al Gurú. Me respondió: “Bueno, carajita, ¿tú no ves que esta gente deja el bagazo del azúcar para la isla y la poca de mejor calidad la exporta?”. Caso resuelto. No se imaginan las ganas que me dan de llorar cuando recuerdo este episodio, porque la historia se repite.

El caso es que así es el socialismo cubano; sigue siéndolo, desgraciadamente. Los expertos reportan que la última cosecha en manos privadas justo el año después que llegó la revolución de Fidel fue de 5,6 millones de toneladas de azúcar cruda. Por supuesto que Fidel hizo alharacas y una década después prometió una zafra de 10 millones de toneladas que jamás alcanzó. Para el año en el que fui, la producción fue de aproximadamente 4 millones de toneladas. Ya ven desde entonces lo que ha pasado. Antes la isla era conocida como la azucarera de la región, de eso no queda nada.

Lejos estaba yo de pensar que iba a volver a vivir el asunto.

Mi mamá me cuenta que después de pilar el maíz se pilaba el café. Mi abuela lo compraba en granos y lo tostaba en el aripo (así se llama el budare de barro margariteño). Las niñas tomaban café con leche de chiva, pero mi abuela ordeñaba cinco litros diarios de leche de vaca. Imagino que así soñaba el comandante aquel que volviéramos a vivir. No tengo espacio para pilón, chivas ni vacas en mi apartamento. Ni que las acomode verticalmente.

Hace unos días se me acabó el café y comenzó la odisea conocida. Ya imaginarán la angustia de mi mamá y la mía, que sin café no vivo. Con una pequeña ayuda de amigos y familiares al fin conseguí.

El domingo mi viejita y yo nos servimos el primer café de la mañana y ella me dijo que estaba aguado. “No sé qué pasó, mija, lo hice como siempre, le puse la misma cantidad y mira como quedó”. En casa aún tomamos el café colao. No sabe a nada, sabe a té de café. Esta es la razón por la que conté lo del azúcar.

Obviamente el café no es el mismo.

Alguna vez me dijeron que las siglas del café eran por caliente, amargo, fuerte y espeso, y que así debe ser. He probado muchos tipos de café. Recuerdo el griego de los amigos de mi papá, que lo hacen hervir en una olla con el agua; cuando lo sirven le echan en la taza la espuma de ese café que hierve olorosamente, y entonces al tomarlo se siente el alma de la bebida. A mi papá le gustaba mucho el árabe, fuerte y espeso, y lo tomaba sin azúcar. El irish coffe es uno de los favoritos de mi hermano mayor. También lo he tomado con cachaza en la panadería que queda detrás de El Universal, o un carajillo, con mi amigo Pedro Llorens. Me encanta el preto brasileño, el de Costa Rica es muy rico, nadie imagina que los mexicanos (famosos por su espantoso café) hacen uno de olla muy parecido al nuestro. Por supuesto, el colombiano, caliente para el frío de Bogotá. En cambio, las tardes lluviosas de mi Los Teques infantil eran de café aliñao con clavos de olor, pimienta guayabita y canela, y me encanta con papelón. ¡Ah! nada más reconfortante que un café, ¡pero que sepa a algo, por Dios!

El café venezolano era conocido como uno de los mejores. Dice mi amigo de la infancia Vicente Pérez (de Fedeagro y cultivador de café) que el más famoso de la época de la Colonia provenía de las montañas de San Pedro, allá en el estado Miranda. Durante 200 años exportamos café hasta que...

En 2009 se concretó la expropiación de las torrefactoras privadas y las marcas más conocidas son producidas ahora por el socialismo que todo lo echa a perder. No se consigue, y cuando se consigue, sigue siendo un sueño. Dicen que los granos importados los están mezclando con frijoles tostados para rendirlo, porque ya casi no se produce.

A mí no me importa como sea, negrito, con leche o marrón. Quiero mi café, y punto.