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Eduardo Mayobre

Café

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Le comentaba a un amigo la necesidad tantas veces repetida de que la oposición planteara un proyecto nacional y político que llegara a las grandes mayorías y las entusiasmara de manera positiva más allá del simple rechazo a un régimen incapaz y represivo. Se me quedó mirando un rato con lástima y me dijo: “No te compliques la vida. El programa es muy simple: café”. No entendí. Y ante mi perplejidad desarrolló su idea: “Hoy no hay café, leche ni azúcar. Cuando se consigue debes hacer colas interminables y quizás empujar a quienes también buscan lo mismo. Y cuando por fin vas a pagar, los precios más que duplican los publicados en Gaceta Oficial y te dicen que solo puedes llevar dos unidades y te obligan a dejar en el establecimiento la mitad de las que habías logrado conseguir”.

Le objeté que me hablaba de asuntos anecdóticos. Le expuse que estaban en juego la libertad y la democracia y él se iba por las ramas. Siguió con su actitud burlona. Explicó: “La libertad de tomar café (con leche, negrito o marrón) no solo es algo fundamental que entiende todo el pueblo sino parte de la idiosincrasia nacional. Si logras demostrar que no hay libertad para tomarlo, con o sin azúcar, queda claro que las otras libertades también han sido conculcadas. Lo percibes al levantarte. Y lo recuerdas varias veces al día”.

Me parece insustancial tu argumento, le respondí: la devaluación, la inflación, el desabastecimiento, la especulación, las expropiaciones arbitrarias, el alza de precios son los problemas que se deben abordar. Insistió: “Pero todos ellos se resumen en el hecho de que no haya café. Y esas palabras de economista que tú usas solo sirven para desviar la atención del hecho simple y constatable de que uno de los más arraigados ritos nacionales, tomar café, se haga cada vez más difícil”.

Alegué que yo estaba hablando de hechos políticos no de costumbres cotidianas. Me contestó que el hecho político por excelencia era la vida pública. Y en nuestro país tomar un café de forma compartida era la expresión de la amistad y el diálogo. Iniciaba casi todas las entrevistas y hasta las confidencias. Privilegio solo compartido por la cerveza y otras bebidas alcohólicas, ahora cada vez más caras y difíciles de conseguir.

Ese no es el problema, le repliqué molesto, el asunto consiste en proponer acciones capaces de unir a los venezolanos. Aún condescendiente, continuó su discurso: “De eso se trata –dijo–. Una vieja canción lo resume muy bien. No sé si la recuerdas. Tenía el siguiente estribillo: ‘Ay mamá Inés, ay mamá Inés, todos los negros tomamos café’. Ahora que tanto a los negros como a los más blanqueados se les dificulta hasta tomar café, la reacción hacia ese hecho puede no solo despertar la conciencia de clase, aun la de raza, sino servir de factor de unificación tanto para los ciudadanos de color como para quienes acostumbraban a ingerir la infusión servidos por mayordomos que se las llevan a sus patios”.

Pero eso no es un programa político, le dije exasperado. Su respuesta fue rápida: “Pero es una experiencia diaria que entiende todo el mundo. Como permite contrastar lo que antes parecía natural, tomar café sin sobresaltos y como a uno le gustara, con las dificultades que ahora hay que enfrentar para un acto simple, el hecho de prometer que de nuevo se podrá tomar café al levantarse o ir a la panadería para compartirlo con amigos es un programa político capaz de entusiasmar al pueblo y hasta a la oligarquía. Recordar que alguna vez era un hábito que no requería la angustia de las colas o la reducción del presupuesto familiar”.

Contrargumenté que yo estaba hablando de procesos históricos y no de hábitos personales. Con respecto a los hábitos personales mi interlocutor me señaló el caso de Hugo Chávez, quien no podía prescindir de su tasa de café. En relación con lo histórico destacó que Venezuela había sido un país predominantemente cafetero durante los primeros 100 años de su historia republicana. Y destacó: “La ausencia de café es una pérdida de identidad. Si se le añade que sus acompañantes, el azúcar y la leche, también tienden a desaparecer se trata de un colapso”.

Y añadió: “Con solo prometer café con leche ya tienes un programa. El problema es cómo poder instrumentarlo. Llevarlo a la práctica. Lograr que sea real”. Le dije que eso era precisamente lo que planteaba. Cómo volver a la normalidad de la vida cotidiana y recuperar libertades y condiciones que los venezolanos consideraban que ya habían sido conquistadas para siempre pero ahora se veían en peligro. “Empecemos por tomarnos un café –me contestó– si acaso lo conseguimos”.