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Elías Pino Iturrieta

El matrimonio de los curas

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Basta con recordar la gestión de monseñor Parolin con el objeto de lograr que los estudiantes de la ULA terminaran su huelga de hambre, para estarle agradecido. Hoy aumenta la gratitud del escribidor porque le permite alejarse de los temas políticos, no en balde el bueno de don Pietro ha tocado una materia que lo excusa, por lo menos hoy, de la obligación que se ha impuesto de criticar la “revolución” cuando sus dislates lo justifiquen, es decir, todos los días. Tema de trascendencia, no sólo porque lo asoma el habitante principal de la Nunciatura, sino especialmente porque lo deja en el aire mientras prepara viaje a Roma para convertirse en secretario de Estado del Vaticano. Se habla de la posibilidad de eliminar el celibato eclesiástico, que abocetó sin entrar en honduras. En realidad no anunció nada nuevo como nuncio, ni mucho menos como segundo de a bordo en la Santa Sede, pero deja un pedazo de sotana con suficiente tela para cortar. Van de seguidas unos tijeretazos obligantes e irresponsables, que también pretenden ser afectuosos.

Antes de irse debe usted saber, don Pietro, que durante el siglo XIX los venezolanos, y en especial los sacerdotes, quedaron advertidos por la Iglesia de los peligros de la carne; pero, a la vez, de cómo muchos miembros del clero se olvidaban de la instrucción para yacer con mujer sin ocultarse de la feligresía. Doble mensaje, se dice de esta situación en nuestros días, que cesará cuando el asunto del celibato deje de ser el objeto de una declaración de despedida. No se duda ahora de que tal sea el propósito de sus palabras, ni de que no hayan tenido eco en los oídos de un pontífice tan prometedor como Francisco, pero como las pronunció Su Excelencia en Caracas quizá convenga que sepa cómo se revolvió el chocolate de la castidad ante la presencia de nuestros abuelos decimonónicos.

Aprendieron ellos, porque estaba escrito en la “Reformación” del padre Castro, que san Benito se revolcaba en las espinas y san Francisco se arrojaba entre las zarzas cuando el demonio les recordaba la existencia de las mujeres. También se enteraron de las amenazas que lanzaban los obispos desde Caracas, Mérida y Guayana contra los curas aficionados a la lujuria. Nada inusual en la cátedra de la época, pero poco fructífero si se juzga por numerosos episodios como algunos que paso a relatar. El suceso del padre Milano, por ejemplo, cura de Guatire en 1811, quien tenía mujer en la casa cural y numerosos hijos que llamaron la atención de los fieles debido a que jugaban en la nave del templo y gritaban en el presbiterio mientras su padre y papá oficiaba la misa. El caso del padre Páez en Valencia, quien fue motivo de escándalo en 1814 porque le robó la esposa a un conocido propietario y no recibió castigo por su delito. El caso todavía más elocuente del padre Montesinos, medio racionero de la Catedral de Caracas, quien cometió público adulterio con la mujer del procurador de la Real Audiencia y apenas escuchó amonestaciones por su incontinencia. O el caso más insólito del padre Durán en Sanare, 1867, quien vivía con cuatro mujeres en lo que se puede considerar como un harem sorprendente en esos tiempos y en los actuales. Hay muchas otras historias del mismo tipo, pero ahora sólo se muestra un botón.

Pero no se señala con el ánimo de criticar, sino de recordar que el mundo no se acabó por el extravío de esos tonsurados cachondos, ni perdió el templo su influencia en Venezuela debido a los desarreglos de quienes lo representaban en el altar. El país se hizo en unos tumbos que, como producto de un tiempo de formación en medio de situaciones borrascosas, invitaba a la aceptación de los pastores proclives a salirse del corral. Predicaban la castidad en el púlpito y la volvían andrajo en la cama, sin que los pobladores dejaran de buscarlos para que bautizaran a sus hijos y enterraran a sus difuntos. Ahora la situación es distinta, alejada de desvergüenzas proverbiales, hasta que la santidad de Francisco, quizá más tarde que temprano, disponga otra cosa en materia de unión matrimonial. Si los curas se casan, Su Excelencia, si se animan con un negocio tan complicado, los seguiremos procurando y convidaremos a sus esposas y a sus hijos a nuestros convites. Pero nada de divorcios.