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Eduardo Mayobre

Cultura democrática

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Un lector me indica, a propósito de mi último artículo, que la cultura no se refiere solamente a las lecturas, el arte y la ciencia sino que abarca las costumbres sociales, la vida familiar y la moral. Le respondo que estoy de acuerdo con su planteamiento, pero mi escrito se refería específicamente al libro La civilización del espectáculo de Mario Vargas Llosa y al concepto de cultura que en él utiliza el escritor peruano.

La oportuna observación del ingeniero Perli, a quien no tengo el gusto de conocer personalmente, sostiene que hay dos tipos de cultura. Una, la cultivada, que aborda Vargas Llosa. Y otra que se aprende en el hogar y se expresa en la vida y el comportamiento cotidianos. Su comentario me permite unir el contenido de mis dos últimas columnas en este diario. Porque la penúltima, titulada “La democracia en América”, aludía a que Venezuela es uno de los poquísimos países de América Latina que ha vivido continuamente una experiencia democrática durante el último medio siglo y algo más.

El hecho de que tres generaciones se hayan regido por el respeto a la legalidad y acostumbrado a la libertad de expresión y a la posibilidad del reclamo de sus derechos, condiciona las formas de comportamiento de los ciudadanos venezolanos. Aunque también es cierto que la democracia generó una facción antidemocrática y antipolítica, esa vivencia colectiva obliga a quienes aspiran a restaurar el autoritarismo y la arbitrariedad en nuestro país a disfrazar sus acciones con formalidades democráticas. Tal es el caso de las elecciones del pasado 14 de abril.

Pero no sólo en las elecciones y otras actividades cívicas se reflejan la cultura y el talante democráticos de nuestro pueblo. El derecho al reclamo y a levantar la voz ante situaciones injustas se considera propio y se hace sentir en las universidades, las fábricas, las comunidades y los expendios de alimentos y no hay represión que pueda detenerlo o acallarlo. Porque en tal caso el repudio se fortalecería.

La cultura democrática se ha hecho parte de cada uno de los venezolanos. Eso nos diferencia de quienes durante las últimas décadas han vivido dictaduras de uno u otro signo. Ellos, en los casos en que se han liberado de las tiranías, se sienten todavía obligados a actuar con cautela ante los atropellos oficiales, pues no han olvidado el estado de sospecha en que vivieron o siguen viviendo: el poder de las fuerzas represivas que en Venezuela no han llegado a predominar, a pesar de tantas asesorías foráneas y caribeñas.

Lo anterior se debe a que por encima de la cultura cultivada de que habla Vargas Llosa existe una cultura popular capaz de pronunciarse cuando deja de funcionar el Metro de Caracas, cuando se acosa a las universidades, se van la luz y el agua o se encuentran vacíos los estantes de las casas de abastos. Un ejemplo: por más que hayan sido perseguidas las organizaciones sindicales y se haya tratado de sustituirlas por agrupaciones sumisas al Gobierno cada día se incrementan las protestas contra la dilación en negociar los contratos colectivos. Pese a todos los esfuerzos oficiales no se ha logrado eliminar la cultura del derecho de los trabajadores, de los estudiantes y de los ciudadanos.

Esa es la debilidad, o talón de Aquiles, de quienes aspiran a una hegemonía. La misma que impidió la beatificación del comandante ausente y la legitimación de sus representantes en la tierra. Por más armas de guerra, españolas y rusas, y más diputados suplentes agresivos que intenten exhibir.

La cultura familiar y social, como me dice Perli, ha sufrido serios reveses. La cultura cultivada, como expone Vargas Llosa, se encuentra en retirada, pero la cultura democrática aun subsiste. Está a la defensiva, es cierto, pero no han logrado hacerla desaparecer ni las campañas publicitarias, ni la hegemonía comunicacional ni las milicias. Tal como lo demostraron las últimas elecciones. El pueblo venezolano aún cree en sí mismo. Y no hay aparato represivo o argucia electoral que pueda modificar ese modo de ser adquirido durante la segunda mitad del siglo XX, gracias a una democracia que, no obstante sus posibles errores, le confirió al pueblo venezolano una dignidad a la que le es difícil renunciar.

La democracia más que un sistema de gobierno es una cultura, en el sentido que señala el ingeniero Perli. Se le ha querido sustituir por parte de quienes no aprecian esa experiencia. Pero subsiste, a pesar de todos los abusos institucionales a los que ha sido sometida. Su reafirmación es nuestra esperanza. Y ojalá sea nuestro logro.