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Nelson Rivera

Libros: Roberto Bazlen

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Triestino nacido en 1902. Vivió entre Roma y Milán, aunque de sus informes se desprende que fue un viajero consuetudinario. Amigo de grandes escritores como Svevo, Montale, Saba, Solmi y otros. De él habría que decir: un lector europeo fuera de lo común. Un hombre de la literatura, sin obra (sus amigos le decían “el genio perezoso”). Dicen quienes le conocieron que, cara a cara, sus opiniones subyugaban. No hizo otra cosa en su vida que leer. Hasta que en algún momento se convirtió en un consejero de pequeñas y grandes editoriales como Einaudi y Adhelpi. La inmensa mayoría de los comentarios que escribió desaparecieron. Los reunidos en Informes de lectura. Cartas a Montale (Editorial La Bestia Equilátera, Argentina, 2012) los debemos a los afanes siempre sorprendentes de Roberto Colasso, uno de los grandes autores italianos de nuestro tiempo.

Hay una felicidad de leer, guardo constancia de ello, y al leer sus informes de lectura, que a menudo cerraban con una recomendación (sí o no, publicar o no publicar), he pensado en cuestiones como la dicha, como el júbilo que deparan los libros. Bazlen me ha devuelto a un libro que leí hace 25 años, de Helena Béjar, El ámbito íntimo. Privacidad, individualismo y modernidad, donde entonces descubrí que en la raíz del lector, en lo que me gusta llamar la condición lectora, el principio de autonomía es el agente activador, la fuerza secreta que nos moviliza y nos posiciona frente a cada línea que leemos.

Que leer es un moverse incesante, un camino de nervios y sensaciones, una experiencia contraria a la quietud, un sube y baja y un bamboleo por los asuntos de la condición humana, una oscilación que no acaba nunca y que nos preserva de las múltiples trampas del cinismo (porque leer nos mantiene en el campo de la complejidad, no de su negación), queda testificado en estos cuarenta y tantos informes, que suman nomás que unas 70 páginas, y que me han cortado el aliento por su drástica brevedad.

Bazlen, que murió en 1965, no lee ni escribe como un crítico profesional. No procede con una caja de herramientas a su lado. Lee, y aquí retomo el hilo de la autonomía, con lo que él es. No más. Con la soltura, con la naturalidad pasmosa del que anda por su cuenta y se conoce a sí mismo y tiene una visión del mundo que le rodea (el mundo de los libros y de la experiencia literaria) hasta el punto de sugerir que un libro que no le gusta debe ser publicado o lo contrario. Más que breves cuerpos de hipótesis, son reportes del ánimo: del texto, del suyo propio y del contacto entre ambos. Dos o tres cuartillas, a veces unas pocas líneas le resultan suficientes: “Si tuviéramos agallas hasta podríamos decir que cierta libertad de la que gozamos se la debemos más a Wilde que a Marx”.