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Juan Barreto

Nuevos desafíos

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Desde el pensamiento crítico se han hecho históricamente las mejores aportaciones para la comprensión de los agudos problemas de la humanidad. Desde esa compleja plataforma de reflexividad se han hecho las más valiosas aproximaciones a la sociedad latinoamericana. En ese entorno es posible hoy volver a plantear la cuestión de una praxis emancipatoria que pueda ajustar cuentas, no solo con los extravíos y perversidades del “socialismo realmente existente”, sino además con el neoconservadurismo que se agazapa a las sombras de la “globalización”, la “economía de mercado” o la “democracia”.

Una crítica radicalizada a las monstruosidades de la modernidad es ya un paso en la definición de un espacio para pensar el mundo de otra manera (sin fundamentalismos y sin la pretensión de apoyar en alguna “verdad científica” la arbitrariedad de apostar por otro modo de vivir).

Ser de izquierda hoy significa contar con una especial sensibilidad (ética, estética, afectiva) para dialogar con un tránsito epocal que ha colapsado las viejas “cajas de herramientas”, las ópticas disciplinarias, los entusiasmos por el “desarrollo”, la confianza en las “leyes de la historia”, las nociones rudimentarias de “libertad, igualdad y fraternidad”, los mitos de un “sujeto” ungido de trascendencia, la ingenuidad de una “ciencia universal” y la “neutralidad” de la técnica, la tiranía de “la razón” y el terrorismo de “lo bello”, “lo bueno”, “lo verdadero”. Toda esta parafernalia formó parte de la mentalidad del hombre moderno (de izquierda y de derecha). De allí la enorme importancia de valorar el momento negativo del pensamiento crítico. En el ejercicio mismo de la crítica se genera una energía liberadora que es la fuente primera de toda posterior positividad.

En cada campo del pensamiento observamos hoy una gran efervescencia de búsquedas y experimentaciones que hablan por sí solas de este potencial intelectual que no puede ser comandado desde ninguna centralidad (sean los cascarones burocráticos del Estado o cualquier agencia de instrumentación). El debate sobre el papel del intelectual, el “compromiso” de la obra y del autor con las lógicas reproductoras o transformadoras de los sistemas sociales imperantes, va tornándose hacia otros linderos en atención a la irrupción de nuevas intersubjetividades.

Se abren así muchas compuertas para la creación que apuesta fuerte por la performatividad de la acción misma, por la potencia de la palabra, por el desenfado de las pulsiones rebeldes, por la fuerza ética de la voluntad que se compromete con el vivir juntos.

Las derrotas de la izquierda en el mundo (que son muchas) se deben básicamente a sus propias limitaciones. De ese catálogo de carencias resalta con especial notoriedad la enfermedad del burocratismo en los modos de hacer y de pensar. No hay nada más eficaz para la subcultura de aparato que la conveniente administración de la ignorancia. Ese ha sido históricamente el magma ideológico que permitió por tanto tiempo la impunidad de un paradigma de la idiotez intelectual tenido como “marxismo científico”, como “vanguardia élite” y tantas otras imposturas.

La implosión del imperio soviético y la consiguiente evaporación del socialismo estalinista han marcado la frontera a partir de la cual se elaboran hoy las propuestas titubeantes de “socialismo de mercado”, “socialismo posmoderno” y caracterizaciones del mismo tenor. El poscapitalismo plantea nuevos desafíos para un pensamiento crítico. El talante de una impugnación radical de todas las formas de dominación es el punto de inflexión para determinar dónde se ubica cada quien. La apelación a una denominación de “izquierda” sirve frecuentemente para disimular visiones de derecha. Es en relación con el poder como ha de medirse la calidad revolucionaria de una postura.