• Caracas (Venezuela)

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Oscar Lucien

Escenas de la "otra" crisis

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Meses atrás me encuentro con un amigo que regresa a Venezuela luego de un par de semanas en Nueva York. ¿Qué tal? ¿Cómo te fue? Una maravilla, me dice de inmediato, en respuesta que no termina allí. “Te digo que en dos semanas hice un verdadero esfuerzo y no vi ningún indicio de que el capitalismo está a punto de colapsar”. Le comento que en pocos días viajaré a Europa. “Excelente –me responde–, ya me contarás si en el viejo mundo se ve más claro el fin del capitalismo”. Y remata en franca sorna: Creo que tu presidente está obligado a cambiar las fuentes de información.

1. El aterrizaje es perfecto. Minutos después una cola inusual retrasa la salida de pasajeros en el túnel de salida de la aeronave. Agentes de torpe talante seleccionan entre las dos filas que hacemos ansiosos pasajeros luego de nueve horas de vuelo, quiénes entran en el país y quiénes no. Un control que debería estar a cargo de servicios consulares se deja en manos de agentes de policía que por el aspecto de una persona, generalmente el color de su piel o la calidad de la vestimenta, deciden el ingreso al país. “Por la maleta se conoce al pasajero”, pero como aquí no llevas maleta, tu piel prima sobre tu pasaporte. ¿Globalización? Las mercancías remontan todas las fronteras. La ciudadanía planetaria sigue siendo una utopía. Noto que en la oficina de inmigración ya no se llena ninguna planilla de ingreso. Muestro mi pasaporte bolivariano, y luego de un “hola” rutinario de la joven agente de inmigración, entro tranquilo al “primer mundo”.

2. Todavía se vive la excitación del día previo. Centenares de ansiosos compradores plenan por segundo día la gran tienda por departamento que se inaugura en la ciudad luego de su probado éxito en el extrarradio: ordenadores, celulares, pantallas planas, cámaras fotográficas, morrales especializados, implementos deportivos. La cola en la taquilla de pago es inmensa. Una empleada llama por un teléfono interno y pide que bajen el volumen a la música. Con dificultad averiguamos los precios de unos teléfonos inteligentes en oferta y resultan ser más accesibles que en Caracas. El comentario no se hace esperar: Pero es que allá no tenemos ni papel toilet. Debemos luchar contra la barahúnda que quiere entrar y nosotros salir.

3. El museo Reina Sofía exhibe una de las retrospectivas más grandes que se han hecho en el mundo sobre ese singular artista-personaje del siglo XX que fue Salvador Dalí. Como es usual los visitantes cuentan con el apoyo documentado de audífonos o pueden anotarse a una visita guiada, pero ahora el museo ofrece un dispositivo, disponible con el teléfono inteligente, de acceso a información complementaria sobre la obra o el contexto en el cual ésta ha sido producida. Al teclear un número al lado de la identificación de la obra se recibe un enlace de una página web y a partir de allí se puede navegar. También con teléfono puedes conectar con un código de barras del museo y tienes el plano con toda la oferta en las salas de la institución.

4. Otro museo. Una larga fila para comprar tickets para una de las tantas exposiciones fotográficas en el marco de PhotoEspaña 2013. En la taquilla, visitantes de diversas nacionalidades pagan su boleto con tarjeta de crédito, otros cancelan sus tres euros en efectivo. Se acerca una pareja de españoles de edad madura, acompañada de un adolescente. ¿Tienen acceso gratuito para desempleados? Para desempleados no: “Sólo para clientes de la empresa”. Resignados, hurgan en el monedero de la mujer y solicitan dos boletos; afortunadamente el adolescente entra gratis. Meses atrás toda la oferta cultural, subsidiaria de una conocida entidad bancaria, era gratis.

5. En el Círculo de Bellas Artes otra pareja acude al mostrador pero no está interesada en la exposición de PhotoEspaña 2013 que aloja este centro cultural, una excelente muestra que ofrece un diálogo entre los fotógrafos Edward Weston y Henry Callahan; ellos quieren subir a la terraza a tomar un trago y disfrutar el hermoso cielo azul de Madrid que gratifica este cálido verano. La entrada al centro son tres euros, responde la empleada. Tres euros reclaman a coro. ¿Esto es público o privado? Privado, es la repuesta de la joven ante los mal encarados visitantes que colocan sus seis euros en el mostrador. “Joder”, resuena en la sala.

6. La jornada ha sido larga, museos, librerías, espectáculos al aire libre. Son las 9:00, pero la noche sólo está en mi cuerpo, fuera el sol deslumbra. Caminamos a casa. En el semáforo en rojo los vehículos se detienen.

Del otro lado de la acera, un hombre de unos 50 años nos pide una moneda para comer.