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Pedro Llorens

El sultán del imperio marroquí

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Corazón de Mi Patria fue tan anacrónico como su abuela de Sabaneta o como su padre maestro, y para colmo fue a parar a la Escuela Militar, una institución enmohecida (un carro con cortinas), como las películas viejas, aun las mejores, condenadas –decía Luis Buñuel– a una “peyorativa senectud”… y el Bigotón sucesor no es muy distinto, porque sigue aferrado a una revolución, la cubana, que ha terminado por morderle la cola al fascismo, y representa a otra, la bolivariana, que asaltó, sometió y expolió al país más rico de Latinoamérica hasta llevarlo a niveles de subdesarrollo que lo acercan a países como Haití.

La costosa y absurda campaña de exaltación de Corazón de Mi Patria, a los altares de la idolatría popular, que realiza el oficialismo, demuestra que Bigotón no está dispuesto a bajarse de la nube en la que vive ni a interrumpir el diálogo con el pajarito que le sirve de interlocutor con el chapulín rojo-rojito (¡síganme los que quieran patria!) que durante 15 años cambió suelo y subsuelo natal por millarditos, tan patriota como el famoso sultán Moulay Hafid que hace 100 años dilapidó por el mundo la fortuna que España y Francia le dieron a cambio de entregarles Marruecos… recordado en las canciones de los cañoneros que se reunían en la plaza López (luego plaza España): “El sultán del imperio marroquí/ dicen que a Francia le va a regalar/ un gallo fino, tan retefino que no sabe ni cantar/ y a la Inglaterra un bravo león/ y a Venezuela, país de gloria/ le dará flores para poderla conquistar”.

No es de patriotas utilizar el patrimonio público para propiciar adhesiones en las FAN (visto bueno a corruptelas), alcahuetear a los grupos guerrilleros (y narcotraficantes) de Colombia, ayudar a las mafias del ex mundo socialista a salir de su producción bélica obsoleta y repartir inmensas sumas al voleo entre “hermanos” de Cuba (sede de la Gran Audiencia neocolonial que nos tutela), Nicaragua, Bolivia, Ecuador, Uruguay, Argentina y hasta de Irán y China.   

Para acabar con la corrupción no se necesita una ley habilitante, ni encontrar un candidato a contralor lo suficientemente complaciente para sustituir al difunto Russián, como si el quiriminduñe (ilícito confuso) o el ñereñere (sustraer dineros) nacionales fuesen de calderilla y no formaran parte del basamento ideológico de la revolución bolivariana.   

Hay que comenzar por desacralizar a Corazón de Mi Patria (volverlo a su condición de capitán Tribilín) y desmontar su descomunal esquema de sabotaje endógeno.