• Caracas (Venezuela)

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Ramón Hernández

Costos ocultos

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Solo los que se dicen revolucionarios, progresistas, gente de avanzada y otras acrobacias verbales creen que con el mismo procedimiento se pueden obtener resultados distintos. Además de terquedad, tanta tenacidad en equivocarse revela que creen en milagros, que esperan con fe que en cualquier momento una mano divina, o intergaláctica, torcerá los resultados, con lo que pisotean el materialismo y la razón pura con la que pretenden distinguirse de los demás mortales.

Por estos predios, los “hombres nuevos” y las “mujeres nuevas” son particularmente tercos, pero sobre todo desconocedores de la realidad, de la historia y de cuanto conocimiento sea útil para revolucionar, avanzar y progresar, que es lo que pregonan como razón de vida, aunque apenas les sirva para ocultar un enriquecimiento que no pueden explicar ni justificar.

Haber perdido los mejores años de la juventud en las luchas de calle –quemando cauchos, tirando piedras y saqueando camiones de comida– y no en las aulas de clase o leyendo diarios y libros, como hicieron los líderes de la democracia venezolana que se formaron con tesón y perseverancia en los asuntos esenciales de la política y de la economía, quizás explique que se insista ahora en repetir fórmulas que han fracasado contundentemente, valga la palabreja, en todo el planeta, como los controles de precio. Ayyyyyyyyyyyyy.

Por no haber leído a Marx, o no entenderlo, suponen que en la transición al socialismo, a la corrupción permanente, es posible calcular con precisión el costo, la ganancia y el precio de venta de cualquier producto. Se equivocan. Aunque existen hasta programas gratuitos de computación con los que se puede determinar los costos exactos de una empanada, en este gobierno no funcionan ni se pueden aplicar: jamás la camarilla gobernante admitirá que su fórmula económica consiste en una interminable cadena de extorsiones, bájate de la mula, dame algo para el café, se necesita grasita y una larga lista de manera de expresar que sin real no hay ropa.

La señora Graciela elabora tortas. Mensualmente le compra 300 litros de aceite a Diana, la empresa propiedad del Estado. El funcionario le cobra una cantidad extra, que no factura, por recibirle el pedido y la obliga a comprar una cantidad de cajas de margarina que no necesita, pero que este señor pasará a buscar para vendérselas a otros clientes a precios especulativos; el chofer del camión le pide otro monto fuera de factura por llevárselo. Lo mismo le ocurre con la harina, los polvos de hornear, el papel parafinado y cuanto insumo necesite que distribuya el gobierno. Las bajadas de la mula no se quedan ahí, después vienen los muchachos de Samán, los del Seniat, los de la alcaldía, los de Sanidad, el Ministerio del Trabajo, los policías que hacen la ronda y de cuanta institución pública que pueda emitir multas. Nada que vender, en quiebra.