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Héctor Silva Michelena

La corrupción de los ángeles  

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Mercedes de Freitas, directora ejecutiva de Transparencia Internacional, asegura en un artículo escrito el 13 de septiembre que la corrupción está arruinando a Venezuela. No tenemos la exclusividad de esta lacra, sólo creo que los oficiantes del país profanan un crucifijo y miran en su cúpula la corte de Luzbel.

Sabemos que Nicolás Maduro anunció que pediría poderes especiales para “vacunar a la democracia de Venezuela y el sector público” contra la corrupción. Sabemos también dónde escarbará Maduro para “vacunar” por decreto.

Si la Presidencia pretende tener éxito en esta lucha, debe fomentar la transparencia en todos los niveles de gobierno, incluido el nivel Ejecutivo, sobre todo con respecto a la del presupuesto del Estado y las entidades del gobierno y garantizar un Poder Judicial independiente. Esto sería más productivo que pedir poderes especiales. El remedio más eficaz es mejorar el acceso a la información, aumentar la responsabilidad y la promoción de una clara separación de poderes.

Con la solicitud de poderes especiales, el Presidente parece olvidar que él es en realidad uno de los responsables, directa o indirectamente a través de sus ministerios, por la gestión y asignación de la mayoría de los recursos del Estado. En última instancia, él debe responder por la transparencia en el uso de los recursos públicos.

Cuando se preguntó en el último Barómetro Global de la Corrupción, 63% de los venezolanos reportó que la corrupción ha aumentado en el último año. Los encuestados dijeron que las instituciones más corruptas son la policía (83%), los funcionarios públicos (79%) y los partidos políticos (77%).

La verdad es que el abuso de los recursos públicos por los poderosos es una práctica común en nuestro país y lo hacen sin temor a ser descubiertos. En Venezuela, a pesar de que es obvio quiénes son corruptos, al tener poder y conexiones, mantienen su posición y no son investigados. La solución de Maduro es la represión y endurecer las penas. Pero, ¿qué sentido tiene esto si los jueces no van a actuar contra los corruptos? Si los árbitros del poder no son independientes, al igual que los árbitros en un partido de fútbol, el juego se ve comprometido.

Existen buenas pautas sobre la forma de combatir la corrupción, como las Convenciones de la ONU y la Interamericana. Ninguna sugiere que un presidente se dé a sí mismo poderes especiales. El anuncio de Maduro, por consiguiente, sólo puede considerarse como parte de una campaña de propaganda. Proclamar una guerra contra la corrupción como una forma de obtener votos ha sido una práctica habitual desde 1958, pero aún no se ha traducido en políticas más eficientes. ¿Por qué creer de nuevo en soluciones mágicas?

La concentración del poder en la Presidencia es contraria a la lucha contra la corrupción. Si los ciudadanos ejercieran sus derechos, y el sistema judicial fuese independiente, y no un maniquí de vidriera, la democracia sanaría. Esta es la mejor lucha contra la corrupción, y los poderes presidenciales especiales serían redundantes.

La corrupción existía ya mucho antes de esto episodio. “En la antigüedad, engrasar las ruedas era una costumbre tan difundida como hoy, y considerada en algún caso incluso lícita”, escribe Carlo Alberto Brioschi, autor de una Breve historia de la corrupción (Taurus, 2010).

En Roma el poderoso caminaba seguido por una nube de clientes: cuanto más larga su corte, más se le admiraba. Esta exhibición tenía un nombre: adesectatio. A cambio, el gobernante protegía a sus clientes, con ayudas económicas y concesiones políticas. Y los clientes, a su vez, actuaban como escolta armada. También había acuerdos entre candidatos para repartirse los votos (coitiones) y para encontrar un empleo solía recurrirse a la commendatio, que era el apoyo para conseguir un trabajo, lo que hoy llamamos “enchufados”.

Aquellos ángeles rebeldes, querida Ángela, hoy son de lodo.