• Caracas (Venezuela)

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Vladimir Villegas

¿Consenso o confrontación?

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El cuadro sociopolítico del país es cuando menos complicado. No hay que ser economista sino simple consumidor para advertir las dificultades por las cuales atraviesa buena parte de la población para asegurarse los alimentos esenciales de su dieta diaria. Las inmensas colas a las puertas y dentro de los supermercados son una clara señal de que las cosas no andan bien.

La escasez de productos; la creciente inflación, sobre todo en los rubros alimenticios; la alarmante dependencia de las importaciones y la escandalosa cotización del dólar innombrable nos pone de cara a una realidad que no puede ser manejada sino desde la búsqueda de acuerdos y de consensos entre los factores involucrados, léase Gobierno, empresarios, trabajadores y factores políticos oficialistas y no oficialistas.

Como somos un país petrolero, siempre creemos que si no funcionan las medidas destinadas a elevar la productividad, a realazo limpio podemos salir del apuro, y por eso casi siempre habrá excusas de la más variada índole para justificar por qué no se avanza en sustituir el modelo rentista por el productivo. Pero algún día habrá que tomar en serio esa propuesta y comenzar a sentar las bases de un nuevo modelo económico, para lo cual tiene que haber una convocatoria sin exclusiones. La crisis es de tal magnitud que el Gobierno en solitario no podrá afrontarla exitosamente

El Gobierno habla de la existencia de una conspiración para quebrar la economía, se crean órganos superiores para hacerle frente a esa presunta conspiración, pero se elude lo fundamental, que no es otra cosa sino una convocatoria amplia, sin sectarismo, sin exclusiones y sin prejuicios de todos los sectores del país para tomar el toro por los cuernos y recoger el más amplio consenso nacional en torno a las medidas necesarias para amarrar los dos potros desbocados de nuestra economía: la galopante inflación y la cada vez más ancha brecha entre el dólar oficial y el innombrable, y para apalancar un plan de fortalecimiento de la capacidad productiva del país. Ese es el camino más directo hacia el éxito de un plan económico.

Hablo de que en una mesa tengan cabida todos los empresarios, comenzando por las organizaciones y gremios que los representan, entre ellos Fedecámaras, cuya directiva actual tiene derecho de ser escuchada por el Ejecutivo, porque en su seno se están dando interesantes debates sobre el papel del empresariado en la Venezuela de hoy. Igualmente, los trabajadores y demás sectores populares, y sus organizaciones, oficialistas o no, tienen que estar allí, para que sus planteamientos también sean escuchados y debatidos. Los pequeños y medianos industriales, agrupados en Fedeindustria, el sector comercio y, por supuesto, la banca, también tienen que estar presentes.

Es ahora y no para más tarde la ocasión para una convocatoria de esa naturaleza, aunque parezca un momento poco propicio dado el clima electoral existente en el país. Si no se abate la inflación, si no se detiene el alocado ritmo de devaluación de nuestra moneda, si no se protege el salario de los trabajadores, Venezuela puede vivir tiempos de conmoción social, lo cual quizás alegre a unos cuantos, pero no a las grandes mayorías, que terminan pagando siempre la cuenta.

En tiempos de polarización acentuada como el actual, este tipo de llamados por lo general cae en saco roto, pero al menos uno queda con la conciencia tranquila de haberlo planteado y tal vez a tiempo. Por fortuna, creo que es cada vez más creciente el número de venezolanos conscientes de la necesidad de promover espacios para un diálogo auténtico sobre los reales problemas del país.