• Caracas (Venezuela)

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Federico Vegas

El Ministerio de la Locura

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Cuando los sevillanos llamaron a un arquitecto para que les construyera una catedral, le hicieron una sola exigencia:

—Queremos una que haga creer que estamos locos.

La locura se ha ido convirtiendo en nuestro gran recurso nacional, y ciertamente es renovable, pero de ser los locos más divertidos de América nos hemos ido convirtiendo en los más fastidiosos e incompetentes. Cada día se hace más evidente la distancia entre lo que Venezuela puede ser y lo que realmente es. La imagen de que “somos nuestros peores enemigos” no va bien con la estrafalaria, alegre y dispendiosa patología que hemos venido proyectando.

Ya es hora de oficializar la locura y así mantener el estándar que nos ha atormentado por más de una década. La frase que bautizó nuestras demencias: “Chávez los tiene locos”, esgrimida y asumida por sus partidarios con orgullo y saña, amerita un ministerio para hacerla más operativa y dar una muestra más de obediencia al comandante eterno.

Si un español pregunta cómo están las cosas por Venezuela, no pierda el tiempo soltando adjetivos y dramas, utilice cifras concretas:

—Con lo que usted paga por llenar su carro de gasolina, en mi país llenamos unos 800 carros.

Cuando le solté esta ecuación a un catalán, me miró con una expresión de lástima, incredulidad y envidia. Una sumatoria que se resume en un simple: “Este tipo lo que está es loco”.

Y no le falta razón. Si la gasolina es el líquido esencial en la fisiología de este país, la insólita irrealidad de su costo tiene que afectar nuestra psiquis. Nos hemos organizado y educado para despreciar nuestro principal recurso. A la sustancia que financia nuestras locuras y mamarrachadas la concebimos locamente, una fórmula que tiene su lógica, pero semeja una culebra que se devora su cola y pronto se quedará sin cabeza.

Esta situación es de larga data y ya es endémica. Examinemos algunos agentes desquiciantes más recientes. Recuerdo una película llamada Monster Inc. Trata de una ciudad cuya fuente de energía son los gritos de los niños, generados por unos monstruos que los asustan. Esta imagen viene bien para explicar la modalidad de dominación que ha caracterizado nuestro siglo XXI: cada tanto aparece un especialista y nos espanta con un eminente magnicidio, golpes de Estado, guerras económicas, parásitos omnipotentes, invasiones aéreas, culpables y malditos. Ha habido desde equívocos huesos de Bolívar hasta apariciones en un túnel, sobresaltos que de tanto repetirlos necesitan ser cada vez más disparatados. Y todo esto bajo la amenaza de una todopoderosa habilitante y una inflación de globo aerostático a punto de reventar.

Un Ministerio de la Locura debe saber que el arte de oprimir se basa en el dicho “aprieta pero no ahorques”. Para esta tarea ya se cuenta con un arsenal de antidepresivos, como las remesas y los dólares viajeros, o el antipsicótico “Sicad” en su presentación básica de 5.000 unidades. Se trata de encontrar un nivel de demencia equilibrado y autosustentable, basado en empates técnicos, mediocridad y dependencia creciente, el control del control del control, distribuir lo ajeno en vez de producir lo propio, una escasez que obligue a venerar las limosnas, la práctica de hacer irreal lo posible y real lo imposible, una sensación de seguridad que equivalga a sobrevivir a las agresiones, celebraciones del resentimiento y, sobre todo, una fe ciega y una lealtad bizca (siempre conviene ponerle un ojo al botín). La receta es ganadora: si algo sale mal, se están destruyendo las bases del capitalismo; si sale bien, se están construyendo las del socialismo.

La diferencia entre un estrés postraumático y uno agudo es un problema de tiempo. Si los síntomas duran menos de un mes, se trata de un “estrés agudo”; si más de un mes, “postraumático”. El Ministerio de la Locura deberá continuar manteniendo nuestro crónico abatimiento en su fase aguda y así sustentar la advertencia de Thoreau: “La mayoría de los hombres llevan una vida de silenciosa desesperación”.

El psiquiatra Ronald Laing proponía que la demencia puede ser una reacción sana a una loca sociedad. El Ministerio de la Locura se encargará de hacer parecer nuestra demencia como una loca reacción a la más sana, justa y amorosa de las sociedades.

Según Erich Fromm, el hombre “alienado” no se concibe como el portador de sus propios poderes y riquezas, sino como un objeto dependiente de poderes ajenos a él, a los que debe amar y honrar para recibir su dosis milagrosa. Esa es la diferencia entre un hombre “digno” y uno “dignificado”, y la tarea suprema del nuevo ministerio.