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Nelson Rivera

Libros: Rudy Kousbroek

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A medida que uno se interna en sus páginas, y queda imbuido de su prodigioso bazar de maravillas y asuntos sorprendentes, entonces el júbilo creciente de leer a Kousbroek te devuelve a la solapa, a ver si logras entrever qué clase de persona es el autor de estos breves ensayos inclasificables. Y te encuentras con que nació en Sumatra en 1929, hijo de un hacendado holandés. Que más tarde vivió en Ámsterdam y en las Indias Orientales Neerlandesas, y que cuando se mudó a París estudió matemáticas, japonés y chino, mientras escribía poesía experimental.

Por mucho tiempo Kousbroek coleccionó fotografías peculiares (diré: algo así como fotografías “imposibles” porque ellas desafían o sobrepasan nuestra percepción corriente de las cosas), muchas de ellas viejas imágenes que hablan de un mundo perdido u olvidado, o de imágenes que ponen a prueba la memoria, la imaginación o la capacidad de inferir, de traspasar más allá de la literalidad de las imágenes.

Funciona así: a partir de una fotografía (un enorme salón de alto techo oval donde están alineadas decenas de impecables camas que podrían ser de un internado o un hospital o una sala que espera refugiados; o un muelle que no alcanza a verse, tapiado por las tiras de serpentinas que caen desde un enorme trasatlántico sobre las cabezas de centenares de personas que despiden a la mole; o tres campesinos con sombreros que se afanan herrando la pata trasera de un buey; o un retrato de Alain –Émile Chartier–, el mítico filósofo francés, mientras dicta una clase a un grupo de adolescentes; o un gato que mira a la cámara como si fuese su obligación posar en actitud desafiante), fotografía que en sí misma constituye un hallazgo, Kousbroek mira el rectángulo con fijación de lupa, rememora a partir de cada una de ellas, como punto de despegue para estos hermosos ensayos que él ha patentado con el nombre de “fotosíntesis” (se titula El secreto del pasado, Adriana Hidalgo Editora, Argentina, 2013).

Libérrimo y pródigo, lo que subyace en estos textos es la conjetura, la volición, la movilidad de la memoria. Al rastrear en cada fotografía con obsesión de relojero, el escritor rastrea dentro de sí mismo. Entre lo que descubre y lo que ratifica; en la confrontación entre lo provisional y lo duradero; entre lo que subyace y lo que se expone en la superficie; entre lo que aparece como obvio y aquello que-da-qué-pensar; entre lo que sobrevive y lo que desaparece, sin consideración de su posible utilidad, entre todas estas tensiones, expuestas con sensibilidad exquisita, lo que asoma es su propio autorretrato, su refinado desencanto: “La nostalgia se presenta a menudo como una estructura vacía que uno puede rellenar a su antojo, y a veces parece que no importa demasiado con qué”.