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Vladimir Villegas

Elba Escobar o el imperio del gueto

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Mucha gente se asombró el pasado viernes 1° de noviembre con la participación de la versátil artista venezolana Elba Escobar en el Pregón Navideño, una actividad cultural organizada por el gobierno para dar inicio a las festividades decembrinas.

La sola presencia de Elba Escobar en la pantalla de Venezolana de Televisión, junto a figuras tan conocidas y populares como Francisco Pacheco y Juan Manuel La Guardia y Cecilia Todd, entre otras, desató en las redes una lluvia ácida de comentarios con calificativos hacia Elba que no merecen ser repetidos.

Todo el mundo sabe que ella ha sido una voz crítica frente al gobierno. Todo el que la ha escuchado en sus programas de radio tiene constancia de que no es, ni por asomo, una persona dada a hacerle carantoñas al poder, y, sin embargo, para mucha gente sometida a la dinámica polarizadora que hoy divide a Venezuela resultó un acto de traición ver a Elba Escobar en un medio del Estado, que en teoría nos pertenece a todos, y que ciertamente debe tener un uso distinto, con acceso libre a las voces críticas que existen dentro y fuera del chavismo.

Tan jodidos estamos con la polarización que una artista tiene que explicar las razones por las cuales va a un espectáculo organizado por el Ejecutivo nacional, y que esa explicación, a la cual ella se resiste a llamar de esa manera, esté enmarcada dentro de repetidas referencias al miedo en sus distintas formas es la mejor demostración de la necesidad colectiva que tiene nuestra sociedad de derrotar ese miedo y el chantaje, vengan de donde vengan. 

He probado en carne propia ataques de ambos extremos. A uno se le endurece la piel no por la crítica, sino por los insultos y descalificaciones, que son otra cosa. Pudiera decir que en esa materia he conocido lo peor de ambos mundos. Y, caramba, cómo se parecen en la intolerancia, en el deseo de marcar pautas de conducta, de imponernos la vida en guetos mutuamente incomunicados. Los de aquí no tienen que mezclarse con los de allá, y los de allá que ni se les ocurra venir por aquí. Y si alguno es pillado fuera de base, del otro lado de la raya, pues que se atenga a las consecuencias, aunque esgrima la mejor de las coartadas. Por eso entiendo lo difícil que ha debido ser para Elba Escobar recibir la avalancha de mensajes, de todo tipo y calibre, que significó su brevísima aparición en el llamado canal de todos los venezolanos.

Seguramente más de un lector dirá que eso ocurre por culpa del gobierno, tanto del que presidió Hugo Chávez como del que ahora preside Nicolás Maduro. Pero tampoco faltará quien le atribuya las culpas a la oposición, o a las oposiciones, como ustedes prefieran. Determinar responsabilidades es necesario, e incluso importante. Pero lo urgente, lo relevante, es buscar cómo romper ese círculo vicioso de la segregación social y política. El gobierno tiene la mayor responsabilidad de crear un clima para ello, pero no es el único responsable. La oposición también tiene su cuota y no puede escurrir el bulto.

Hay una inquisición instalada en la mente de muchos venezolanos y tenemos que desterrarla. Lo ocurrido con Elba Escobar y su “atrevimiento” es apenas un nuevo síntoma de una vieja enfermedad.

Quiero vivir en un país donde Cecilia Todd, Elba Escobar, Lilia Vera, Yordano o Iván Pérez Rossi, por citar algunos ejemplos, no tengan que temer al juicio de ninguna inquisición, individual o colectiva, para presentarse en un evento de la Alcaldía de Baruta o en la plaza Diego Ibarra. Y eso parece poco frente a la aspiración de que en medio de tantas dificultades pueda abrirse camino a un espacio de concertación para derrotar la inseguridad, la inflación, la escasez y la incertidumbre frente al futuro, que es el peor de los miedos.