• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Leopoldo Tablante

Golilla y sociedad

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

El fin de semana del 9 y el 10 de noviembre –con salpicaduras a lo largo de la semana subsiguiente–, se produjo en Venezuela un mini 27 y 28 de febrero. A diferencia de los disturbios de 1989, las compras nerviosas y las tomas de comercios de 2013 tuvieron la particularidad de que fueron auspiciadas directamente por el presidente Nicolás Maduro desde una motivación política fundada en el peor antivalor de la Venezuela petrolera: el consumismo compulsivo. La consigna fue algo como: «Tú también te mereces tu pantalla plana», un modo “endógeno” de repartir las utilidades de fin de año.

Mientras esto sucedía, la candidata venezolana al Miss Universo, María Gabriela Isler, ganaba el certamen internacional en Moscú. La victoria se registró después de que The New York Times difundiera un reportaje en el que el zar de la Organización Miss Venezuela, Osmel Sousa, explicaba su maquinaria de producción de mujeres objeto. Sousa planteaba que 1) las reglas de los concursos internacionales recompensan los méritos de la figurante más bella; 2) que, en aras de producir la candidata más competitiva, no existen limitaciones de naturaleza técnica («a Dios rogando y con el mazo dando»); y 3) que llamar a una mujer «simpática» no es más que el eufemismo que delata su pertenencia al resentido gremio de las no-bonitas.

Entre el mérito infuso de todo venezolano de poseer una televisión de alta definición y la idea de que los cuerpos femeninos son anatomías perfectibles por medio de la body sculpture, me vino a la mente la imagen apocalíptica del naufragio del tanquero Pilín León en las aguas viscosas del lago de Maracaibo. El país petrolero que a lo largo del siglo XX se apertrechó de gadgets modernos, hiperdesarrolló una Caracas cosmopolita y una región centro norte que ha funcionado como taller de montaje de corporaciones extranjeras y convirtió al resto del país (con la excepción de las zonas extractivas de Bolívar, Zulia y la faja del Orinoco) en el traspatio de la amnesia, ha cincelado lo que, incluso desde el Estado, se ventila como nuestro horizonte de expectativas. Venezuela pretende que la realidad es una apariencia perceptible a distancia, un espectáculo populista a lo Fantástico o Sábado Sensacional donde la mercancía es la que manda y donde se puede ser rey o reina por un día. En ese país, las mujeres son un work in progress: prototipos de inconformismo e intervención incesantes, como dicta el fetichismo mediatizado de los hombres.

Me encantaría pensar que ese tristísimo fin de semana son puntos menos para la visión política que propone Nicolás Maduro, un presidente que, dentro de los límites de su maltrecho lenguaje, ha desplegado la brutalidad de un arma biológica que entiende a sus opositores como «virus» o «parásitos». No dudo que haya quienes, luego de haberse beneficiado con divisas preferenciales, insistan en que su estructura de costos se mueve en las proporciones enigmáticas del mercado paralelo. Ya se sabe, el control estadal de la economía es caldo de obscenas especulaciones. Sin embargo, lo grave de la orgía propiciada por Maduro es la euforia que ha suscitado en su público, una buena porción del país que no va mucho más allá del reflejo de pensar que merece una felicidad de electrodomésticos digitales, de cuerpos repotenciados y dotados de volúmenes que saltan a la vista gracias a la silicona o paralizados en el tiempo gracias a la magia del bótox, la verdadera distribución de la renta petrolera.

En esa dimensión gravita buena parte del electorado que votará el próximo 8 de diciembre. La acepción de «calidad de vida» en el país pasa del derecho a la educación o a la salud para alojarse en los deseos de compradores ansiosos, gente dispuesta a sacrificarse en la rebatiña de una tienda de electrodomésticos con el propósito de salir abrazando los dispositivos que distinguirán su condición de Hombre Nuevo: un ser encadenado a los espasmos del flujo eléctrico y a los cortocircuitos de un orador que pende del filamento de una bombilla de bajísima luminancia, la peor inteligencia entre nosotros.