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Rodolfo Izaguirre

La espada de Colón

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¡Sobre las procelosas aguas avanzan las carabelas! A bordo de una de ellas, viene Cristóbal Colón pero también la gloria de quienes pronunciaron las primeras palabras castellanas en tierras hasta entonces ignoradas por el resto del mundo.

El almirante ha sido objeto de rigurosa y minuciosa atención por parte de cronistas e historiadores que no han vacilado en considerarlo como lo que realmente fue: un marinero alucinado que andaba perdido por mares nunca surcados antes creyendo que topaba con la China cuando lo que estaba encontrando era un mundo de verdaderas alucinaciones. Pero también ha sido objeto de burlas por parte de los venezolanos; lo que no debe asombrarnos porque no perdemos ocasión para burlarnos no sólo de nosotros mismos, que es algo sano y bueno como aseguran los humoristas, sino del gobernante de turno, sea caudillo civil o militar, y con mayor saña, en todo caso, si el gobernante cree serlo sin tener condiciones ni partida de nacimiento, habla con un pajarito que revolotea sobre su cabeza y hace de los panes, penes. El hecho es que el propio Colón se ha prestado también para chistes y cuchufletas comenzando por lo del huevo.

Escuché una vez a Miguel Otero Silva contar su encuentro con una dama caraqueña que le refirió, abrumada, ser víctima de un terrible dilema que no solo la atormentaba sino que evidentemente no sabía cómo resolver; y atribulada, mirando al autor de Casas muertas dijo: “¡Como ves, Miguel, siento que tengo sobre mí la espada de Colón!”.  Sin inmutarse, Miguel Otero preguntó solícito: “¿No será más bien el huevo de Damocles?”.

Vive conmigo el recuerdo de dos momentos sublimes del humor gráfico venezolano que mi memoria, octogenaria, sitúa en las páginas de El Morrocoy Azul, sin lugar a dudas una irrepetible publicación de ingenioso humor, talento y mordacidad. Las caricaturas aluden a la estatua de Colón que estuvo situada alguna vez en lo alto de las escalinatas de El Calvario cuando El Silencio era un laberinto de calles, prostíbulos y gentes de mal vivir que avergonzaba a los caraqueños. El almirante con el brazo extendido y el índice apuntando al gigantesco lupanar exclama: “¡Putas!”. Y luego, cuando, en un impulso de modernidad, Isaías Medina Angarita ordenó eliminar aquella lepra social para construir con Carlos Raúl Villanueva la urbanización El Silencio y comenzó a verse el tierrero y a levantarse la inevitable polvareda por las demoliciones y la remoción de escombros, Colón apunta nuevamente con el dedo y grita: “¡Tierra!”.

Lo que no tuvo ninguna gracia por la imbecilidad del atropello fue acusar a Colón de ser enemigo del socialismo bolivariano y derribar el 12 octubre de 2004 el monumento Colón en el Golfo Triste del escultor Rafael de la Cova, en Plaza Venezuela. Los energúmenos de una Coordinadora Popular de Caracas, disfrazados de indígenas con plumas y guayucos, derribaron y decapitaron la estatua del navegante. Aquella fue una acción de nauseabunda y fascista iracundia perpetrada en defensa de un exaltado “Día de la Resistencia Indígena” que nada tiene que ver, desde luego, con la patética presencia de minorías étnicas en el panorama urbano del país. No imaginó el alucinado almirante que iba a ser acusado de “genocida” y “tirano” mostrando un prontuario más ominoso que los de Saddam Hussein o Muammar Gaddafi, curruñas del autócrata venezolano convertido después de su muerte en pajarito hablachento sino de los enchufados que avalaron la fechoría.

Me obligo a pensar que el único propósito al borrar de nuestra historia a quien alguna vez mostró con el dedo a las putas de El Silencio fue el de impedirle que señalara hoy a los corruptos hijos bolivarianos de aquellas mujeres de vida oscura y taciturna.