• Caracas (Venezuela)

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Colette Capriles

Balada del hombre nuevo

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El hombre deja la moto a unos metros, pero conserva su casco bien puesto. Se arrima a un árbol, a un jabillo viejo de los que todavía quedan en La Florida y se dedica a aliviar la vejiga. Es pleno mediodía y el tráfico está detenido. El hombre, con la mano que le queda libre, gesticula mientras conversa con el conductor de un carro que le pregunta una dirección desde el canal contrario. Vociferan ambos, mientras el resto de los transeúntes los contempla. El hombre del casco vuelve a su moto mientras una mujer que alcanza a pasar por la acera lo increpa indignada y solitaria, como un extra de una película en la que los carros y la gente son de utilería. El hombre arranca en su moto gruñendo unas excusas pero de pronto se detiene y aborda a la mujer, que parece petrificada por el casco del tipo, como si se tratara de la cabeza de una Medusa improvisada: “Esas son cosas naturales... Además es bueno para la biodiversidad, crecen más las matas”, dice, caracoleando levemente con su moto china.

La mujer hubiera querido sonreír ante el argumento, pero sólo pudo pensar que el hombre se iba aligerado de culpas, como si se las hubiera transferido a ella, la única en la larga sucesión de testigos que se atrevió a recordarle que existe una distinción entre el espacio público y el privadísimo en el que el cuerpo se desahoga, y que precisamente se trata de espacios que no son naturales, ni “biodiversos”. Por unos segundos dejó que otro motivo de indignación la invadiera: la basura amontonada que el alcalde del municipio Libertador se complace en mantener como signo de su poder de degradación de un vecindario otrora decente, y por lo tanto hostil a su figura de mandón adolescente y gritón. Mientras bordea la montaña de desperdicios, una certeza se le hace patente: así es el hombre nuevo. No el que riega un jabillo con su incontinencia, sino el que lo mira indiferente e imperturbable desde la ventanilla de su carro. El hombre nuevo no se indigna, porque quizás ya perdió toda dignidad. Lo digno, en su interior, ha sido matado por el miedo o por la adulancia. El hombre nuevo mira lo horrible sin poder enunciarlo como tal: todo resulta, para usar el lenguaje del hombre de la moto, natural. O sea, que es conforme a un orden “natural”, externo e inquebrantable del que sólo se puede ser espectador.

En realidad lo peor no es la contemplación de lo impensable, de aquello que nadie habría creído posible hace unos años; lo peor es que lo que se vuelve objeto de contemplación es la persona misma, que ya no aparece como tal, como una gente corriente, sino como una forma instantánea de espectáculo que se olvida cuando cambia el semáforo. El mundo público deja de estar compuesto de gente cualquiera y se llena de personajes en situaciones límite que repiten obsesivamente el testimonio de una sociedad rota, que no sabe ya qué es lo común (tanto en el sentido de lo que pertenece a todos, como en el sentido de lo normal o frecuente).

La mujer se alejó, preparándose para enfrentar la experiencia de la panadería de la esquina y sus índices de escasez. Ya ni siquiera se sentía sorprendida por la masiva indiferencia de ese público que desfilaba lentamente, como una emigración de bisontes, al ritmo del tránsito caraqueño. Y de pronto sintió cierta inquietud. Que ya no le sorprendiera esa inercia podía ser, quizás, el primer signo de la suya propia. Quizás la próxima vez cambiaría de acera, simplemente.