• Caracas (Venezuela)

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Colette Capriles

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Opacada por la incansable ejecución del entertainer que ahora falta, queda a la vista de todos la precariedad de las bambalinas que sostenían la ilusión. No sé por qué me acuerdo de un fragmento de un texto de Werner Heisenberg en el que comenta la inexplicable repulsión que espontáneamente siente uno cuando tiene que abrir el vientre de una máquina desconocida y enfrentarse al laberinto de su funcionamiento (un poco, sí, como si fuera un organismo vivo). En realidad, más que náusea, lo que provoca la actual desnudez del gobierno se compara con lo que siente el pasajero de un avión cuando el capitán revela que es verdad que hay una emergencia (y que no era la imaginación paranoica la que fabricaba ruidos y sobresaltos): ante la inminencia de una tragedia, el tiempo se deforma y la energía solo sirve para procurar sobrevivir. Y aquí por supuesto no son los pasajeros los que importan: la tripulación sacrificará hasta la propia nave para prolongar la ilusión que, sin convicción ninguna, sigue representándose, cada vez más parodia y farsa, mientras asegura sus paracaídas.

Las noticias de la agonía del bolívar fuerte son seguramente las que más ocupan la atención cotidiana y enmascaran incluso el drama que se está desarrollando atrás: las luchas por gestar y estabilizar una configuración de poder cuya forma es aún misteriosa pero que supone una alianza entre factores con intereses distintos y visiones muy diferentes del “après-Chávez”. La creación del fascista Cesppa sugiere un tutelaje militar sobre la Presidencia de la República, como sobre toda la sociedad; pero ni siquiera sería un tutelaje corporativo de la institución militar sobre el gobierno, sino el de una facción militar comprometida con el “comando político-militar de la revolución” (que no es lo mismo que el gobierno). Por ahora, los miembros de esa hermana gemela de la DINA chilena se hallan presuntamente alineados con el “proceso”. A su vez, la “habilitación” de Maduro supondría (dado el carácter genérico del contenido de la solicitud presentada ante la Asamblea) un margen de maniobra importante para el tutelado y promesas para su facción ultra, no tanto en términos de un fortalecimiento del estalinismo económico (lo que es posible) sino en cuanto a la capacidad de llevar a cabo purgas como las que ya se han visto, y aumentar, por efecto de la represión, la cohesión y lealtad hacia el precario jefezuelo. Muchos de los últimos enunciados de Maduro cumplen con el formato de agitación política propio del mundo onírico de Tierra de Nadie en el medio de la UCV, pero ello no les quita valor de intención: la de manifestar la voluntad de persistir en la figura fantasmática de un retorno a los años más oscuros del estalinismo.

Sin embargo, lo sabemos todos, las fortunas ya hechas y las por venir seguirán floreciendo, aunque seguramente tendrán un impuesto de lealtad revolucionaria que obligará a ciertos reacomodos. Lo clave, como fue también con Chávez, no es tanto el triunfo de un modelo socialista (ese espejismo es para consumo de escribidores y lectores de las páginas web del régimen, deleitándose en discusiones con el inefable Dieterich y su periclitado análisis en términos de lucha de clases), sino el éxito de una estrategia de control sobre la sociedad. El camino que está recorriendo la camarilla gobernante es el de buscar legitimarse al margen de la voluntad de la mayoría y no cabe duda de que está intentando crear una crisis que así lo justifique. Y ello es lo que hace del evento electoral de diciembre un asunto de primera magnitud. Maduro revelaba en estos días su anhelo y hablaba de que “llegará enero de trabajo, y ya en el 2014 no hay elecciones”. No habrá entonces nada, quiere decir, que le fije un límite a las perversiones políticas y económicas del mediocre elenco que pretende seguir siendo dueño de este país.