• Caracas (Venezuela)

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Colette Capriles

Historia natural de la cola

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En todas las ocasiones se ha repetido el mismo mantra. Lo que acontece, se dice, son meras “ineficiencias”. Pequeños desajustes entre fines y medios, imputables a distracciones menores, algún bajón motivacional, una que otra fuga de lealtad revolucionaria, escasa formación ideológica, resabios del capitalismo perverso, inexperticia en las artes ocultas de la planificación central propia de la inmadurez del joven proceso apenas quinceañero. Si la nebulosa de las causas de las “ineficiencias” se vuelve demasiado espesa, se cambia el registro para traducir el fenómeno como “saboteo” (sic) y derivativo de la siempre en marcha y todopoderosa conspiración mundial. Que, por artificial que parezca, es por supuesto más representable psicológicamente que el fantasma descabezado de Stajanov (el trabajador modelo, héroe de la productividad por competencia moral, sin incentivos materiales, que espontáneamente guiaba la exagerada capacidad de trabajo del pueblo soviético, nunca igualada en el sistema de explotación capitalista, etc.). Pero, a decir verdad, lo que ocurre es que lo que nos pasa hoy en este país, como en las ocasiones anteriores en las que el siglo XX se permitió la destrucción de las libertades, es el resultado, predecible hasta el punto de lo inevitable, de un diseño específico del ejercicio del poder, cuya característica central es la desconexión entre el poder mismo y la vida cotidiana. Un poder paradójico: absolutamente irresponsable e irresponsablemente absoluto.

Los antiguos, en su sabiduría, no teorizaban el poder como ocurre en la modernidad. En una escala más humana, les interesaba el buen gobierno. Sin preocuparse demasiado acerca de la titularidad del poder, preferían concentrarse en la idea de que quien tenga poder debe ejercerlo en vista del bien común y no de su propio bien, lo que implica un criterio de responsabilidad inserto en la noción misma de buen gobierno. “Hazte cargo, mijito”, decían. Aunque no en un sentido despótico (no como un padre que se hace cargo de sus hijos), sino en un sentido consecuencial, digamos: “Asume los resultados de tus acciones y las consecuencias que ellos traen”. Pero en las experiencias comunistas del siglo XX la vida cotidiana quedaba reducida a un trámite, literal y figuradamente. Trámite figurado, porque la felicidad suprema no podía provenir nunca del confort de la vida material, de modo que, aunque pudiera igualarnos a todos en las miserias, y satisfacer por lo tanto los resentimientos respectivos, la vida cotidiana no era sino un tránsito entre la felicidad del no nacido y el del reino imperecedero de la sociedad comunista. Pero trámite en sentido literal además, porque el poder omnímodo se manifiesta en la creación de una cadena de producción de la existencia en la que cada eslabón expresa las supremas voluntad y razón aplicadas para evitar cualquier felicidad no planificada (es decir, pensada o experimentada por alguien que no sea parte del aparato oficial). El poder es eminentemente una máquina de movimiento perpetuo que no lleva a ninguna parte excepto a su propia exaltación.

Hubo tanta plata que aun una máquina sin otro propósito que conservar el poder, obtenía resultados simbólicos suficientes como para pasar desapercibida, o ser perdonada, o hasta celebrada, como una excentricidad histórica. Pero ahora el dinero no puede lubricar cada obstáculo incluido en el diseño infernal de esa máquina de poder. Cada impedimento se va haciendo más infranqueable, cada vez más el poder hace menos, y se aleja más. Cada vez deja más despiadadamente abandonados a quienes no se insertaron como piezas en el aparato supremo.

Las máquinas obviamente no tienen, al menos en principio, responsabilidad moral. Hacen lo suyo sin pruritos. No hay responsables, en este nuevo espantoso experimento que sigue siendo del siglo XX. No hay humanidad, tampoco.