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Sergio Antillano

¿Persona o masa?

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El “colectivo” es un mosaico de individuos, diferentes unos de otros, cada uno con expresiones culturales propias, que derivan de su visión y sentir particular. Esa diversidad la encarnan los ciudadanos, aunque participen en diversos colectivos a los que cada quien se integra o con los que se identifica por afinidad.

La individualidad es lo que nos hace persona, y es una característica ciudadana que antagoniza con los proyectos hegemónicos y totalizadores que buscan imponer una sola manera de pensar, de sentir, de opinar. Buscar la manera de articular las diversas visiones y opiniones; encontrar caminos para el consenso y la sinergia de formas de pensar y expresiones diversas, es el reto de quienes propician un proyecto plural, democrático, transparente y abierto.

El país ha sido desde siempre un territorio donde los deseos y anhelos de los individuos por ser libres de tener y desarrollar sus particulares formas de ser, sentir y pensar están en permanente tensión con la voluntad de hacernos “masa”, colectivo homogéneo, gentío uniformado en ideas y actitudes.

Esa tendencia a la imposición de modelos totalizantes que aplastan al individuo y vuelven todo en un colectivo monocolor sin matices ni pluralidad se expresa con fuerza desde posiciones de poder, en tanto que borrar las diferencias y uniformarnos a todos hace más fácil dominarnos y ponernos al servicio de la particular visión y deseos de quienes mandan, sea en el trabajo, en la ciudad o en el país.

En los últimos años se ha deteriorado profundamente nuestra pluralidad, el respeto a la diversidad de opiniones y formas de pensar. Parece haberse reducido el sentimiento de rebeldía, propio de muchos venezolanos que no aceptan imposiciones ni intentos de homogeneizar su multiculturalidad.

Los uniformes son la expresión más evidente de esa tendencia a convertirnos a todos en “masa” o reducirnos a condición de “arcilla maleable”, como decía el Che Guevara. Pareciera que el principal objetivo de improvisados gestores públicos es vestir de manera uniforme a quienes laboran en las instituciones oficiales, que en teoría debieran servir a todos y con eficiencia. Poner a todos el color rojo en su vestimenta pareciera el nirvana de mediocres con poder. Las ropas de trabajo ahora son parte de la imposición arbitraria de una doctrina que usa el cuerpo de los individuos para promoverse. Los uniformes de los trabajadores están siendo convertidos en herramientas de propaganda de una doctrina que se identifica con un color. El individuo como estandarte publicitario de la doctrina. Recientemente los usuarios constatamos la degradación y unificación de los diversos uniformes de trabajo del Metro de Caracas, en un solo ropaje: camisas rojas. Desaparecieron azules, beige, marrones, y otros colores que, según la labor que cumplían, tenían las ropas para laborar en el Metro.

Ese empobrecimiento cromático es el mismo proceso de reducción de la pluralidad de opiniones buscando que todos tengan un pensamiento único y obedezcan. Menos color en la ropa y en la mente.

El mismo esquema de decisiones impuestas que ha llevado a obligar a que quienes laboran en organismos públicos vistan de rojo, les impone que vayan a actos políticos del sector en el poder, guarden silencio, no piensen ni opinen diferente. El mismo origen tiene la idea de los llamados milicianos que puso uniforme y visión militar a seguidores de un líder o un partido. Individuos diversos, con afinidad de ideas políticas o simpatía por un líder, fueron uniformados, sometidos a disciplinas militares, adoctrinados… transformados en masa, en arcilla maleable.

Es obvio que algunos pretenden crear una sociedad monocromática, sosa, de autómatas uniformados en su cuerpo y su mente, que obedezcan y repitan lecciones plagadas de dogmas, estereotipos e ideas preconcebidas de una doctrina particular. Una sociedad pobre, en cuerpo y alma.

Un buen síntoma, promisor de futuro, es la irreverente actitud de muchos que sortean la idiotez con una vital resistencia a ser uniformados, alienados a pensamiento único o sometidos a doctrinas monocolor.

La esperanza de la libertad pareciera estar en gente que vota cruzado o selecciona por voto uninominal; que protesta en sus gaitas y canciones contra todo gobierno; que no acepta “líderes” ni candidatos a alcalde inconsultos, impuestos; gente que no se somete a supuestas “disciplinas” partidistas que obligan al silencio cómplice; gente que rechaza uniformes y aunque le den el “kit” no va a las movilizaciones y actos rojos. Esos individuos, cada uno con diversas maneras de ver, sentir y pensar, de infinitas formas de expresión, no aceptan que los lleven como rebaño al matadero de su libertad de pensar y actuar como les plazca.

 

*Gerente cultural. Ingeniero. Planificador ambiental