• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Claudio Nazoa

El ponehuevos

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I.

Es horrible lo que me está pasando y sé que nadie me lo va a creer, pero, por una extraña razón, llevo días viviendo en el cuerpo de una gallina. Al principio pensé que era una pesadilla. Pero no. Todo era real y lo descubrí ayer cuando al intentar hablar con el señor que cuida el gallinero, me escuché decir: “¡Clua, clua, clua, clua, clua, cluaaaaa…!”.

Fue entonces cuando el hombre me agarró por el pescuezo, me acercó a su rostro y me miró con hambre. Giré mi cabeza con expresión estúpida, y luego, con el corazón acelerado y mi piel literalmente de gallina, me zafé y corrí cuando le escuché decir: “¡Hmmmm, esta gallina está rica y gorda como para un buen sancocho!”.

Cuando creí estar lejos, me volteé, agité mis alas, moví el pescuezo e iracunda, grité a todo gañote: “Clua, clua, clua, clua, clua, cluaaaaa…”, que en el idioma humano quiere decir: “¡Sáquenme de aquiií…! ¡Yo no soy una gallina. Soy Claudio Nazoa, el comehuevos!”.

¿Dónde están mis brazos y qué son estas plumas? ¡Quiero carne o un perro caliente de la Plaza Venezuela, pero lo único que me arrojan es maíz duro y arroz picado! Como si fuera poco, esta mañana metieron en la jaula a un pato horrible al que no le entiendo ni pata y que se ha pasado el día persiguiéndome y gritándome: “Cua, cua, cua…”.

 

II.

Por andar fisgoneando descubrí que vivo en el Mercado de San Martín, y eso es terrible, porque si no salgo rápido de aquí voy a parar en una olla con agua caliente, rodeado de verduras, cilantro y sal, para luego ser el sancocho de algún borracho que juega dominó, habla de política y bebe cerveza parejo.

La estoy contando de vainita, porque esta mañana amarraron mis paticas con un mecate que le quitaron al cadáver anterior al que, por cierto, vendieron a muy buen precio, claro, con esta escasez que hay. Luego me pesaron, pero, afortunadamente, el tipo que me iba a comprar dijo: “No sé, pero esta gallina da como asco, además, es medio calva y tiene las patas torcidas”.

Al principio me molesté y quise darle un picotazo donde más le duele, pero después junté mis alitas y le di gracias a san Francisco de Asís, ya que, por mi repugnante aspecto de gallina pataruca, logré salir con vida.

 

III.

Queridos lectores, espero que alguno de ustedes se apiade de mí, suelte el periódico y corra al mercado para salvar mi vida, porque lo que es la vergüenza ya la perdí, tanto que no puedo negar que estoy completamente enamorado(a) de un gallo fino que metieron en el gallinero ¡y que nos raspó a toditas! ¡Fue amor a primera vista! El tipo se me montó y me pisó sin darme tiempo a nada, y aunque no llegué al orgasmo, porque fue muy rápido, me gustó.

Qué pena… acabo de darme cuenta de que estoy esperando un huevo, razón por la que imploro a todos los lectores que se abstengan de consumir huevos en los próximos días, ya que en una de esas podrían comerse a mi hijo frito, tibio o en una tortilla matutina.

No puedo continuar escribiendo porque se acerca mi gallo. Me gusta, y a pesar de que es un eyaculador precoz, posee un increíble sentido del humor, por ejemplo, el otro día, antes de que pasara lo que tenía que pasar, me contó un viejo chiste de gallinero: “¿Sabes por qué las gallinas no tienen tetas?”, me preguntó mientras, seductoramente, pasaba su ala derecha sobre su enorme cresta. Yo, toda recatada, le respondí que no sabía. Él, batiendo sus alas, dijo: “Porque los gallos no tenemos manos”.

 

IV.

No puedo seguir escribiendo porque, justo en este instante, estoy poniendo un huevo.