• Caracas (Venezuela)

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Claudio Nazoa

El chivo sabio

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¿De dónde viene el perro callejero? ¿Por qué las hormigas están tan apuradas?

Abro los ojos, veo el reloj. Son las 2:00 de la mañana, aún falta para despertarme. Sigo soñando. Pido otro trago.

¿Por qué la jirafa tiene el cuello tan largo? ¿Por qué el hipopótamo es tan gordo? ¿Por qué los morrocoyes son lentos, conchudos y tienen la mala costumbre de estar todo el día en camiseta e interiores jugando dominó dentro de su concha?

Pides otra copa de vino. Sé que es un sueño, o quizás no… tal vez es la clase de literatura de mis profesores Digna de Rivas y Germán Flores, quien por cierto me raspó porque lo confundí con el viejo erudito que trabaja en El señor de los anillos en la tercera edad del sol.

El cantinero es un payaso equilibrista con las orejas muy grandes de tanto escuchar lo que no le importa.

—Disculpe, caballero –dice el cantinero–. Perdone si soy inoportuno, pero ¿podría decirme por qué los monos y los loros dan tantas ganas de reír?

Pasaron años sin movernos de la barra y miles de enloquecidas hormigas van y vienen desesperadas porque temen perder el Metro que las llevará a un trabajo que no tienen.

Los perros callejeros usan corbatas y andan con maleticas viejas. Sobre uno de ellos, dos pulgas filósofas que estudiaron con Laureano Márquez hacen conjeturas sobre el origen de la existencia.

—¿Habrá vida en otros perros? –pregunta angustiada una de ellas, mientras fuma un enorme habano.

Unas jirafas sostienen un semáforo con la boca. La señora hipopótamo con sus hijitos, todos gorditos, toman Toddy en baldes amarillos. Uno de ellos le pregunta a su madre:

— Mamá, ¿qué hacemos si nos da hipo?

— Nada –responde ella sin dejar de comer– le pones “pótamo” y sigues siendo un hipopótamo.

Una ardilla borracha que escuchó todo le dice al cantinero:

—Qué chiste tan espantoso.

Entran dos cisnes, uno negro y otro blanco:

—¡Por favor, dos Fruit punchs sin licor y unas fresitas dietéticas! –dicen a dúo.

—¡Ayyyyy….! –grita una cucaracha que cuida el baño y a quien le falta la patica principal.

Una garza de elegantes patas largas que toma nota del pedido susurra con sorna:

—¡Cógeme ese trompo en la uña!

La señora hipopótamo se levanta de la mesa y paga la cuenta con unos billeticos de mortadela. Cuando sale a la calle, tropieza con un mono borracho que le grita: “¡Ese culote!”, sin poder mantener el equilibrio se acerca a mi mujer y le dice: “¿Qué le parecería a una hermosa dama como usted el amor de un mono?”.

¡Esta vez no es sueño! Ella besa al mono con entusiasmo. Le regala un Banana split, le agarra una mano tiernamente y embelesada se va con él mientras me dice: “Lo siento, cariño, te dije que si no nos casábamos esto podría ocurrir”.

Entra un venado macho, me mira y pide un ron doble. Me ve llorar y como consuelo me dice: “No se preocupe amigo, que cacho no mata”. Sigo llorando y le respondo: “Lo que me duele es que se fue con un mono”. El venado me mira, tiene los ojos aguarapados y con resignación replica: “Dígame a mí, que me dejaron por un burro…”.

—¡Ay! Ya empezaron con sus vulgaridades. Esto es un sueño machista –susurran los cisnes.

—¡Compadre, apúrese que hay hambre! –comenta un lechón bohemio que devora con los ojos a su congénere.

En el bar entra el poeta Leonardo Padrón. Viene abrazado con una gallina con pechuga de silicón. Leonardo, desde un oscuro rincón, pregunta: “¿Por qué las gallinas no tienen tetas? ¿Nadie sabe la respuesta? Es porque el gallo no tiene manos, ja, ja, ja, era un chiste” –se responde divertido a sí mismo.

—¡Ay, mejor vámonos a Punta Grill! Ya empezaron a meterse con las aves –dice en voz baja el cisne blanco–. No tendría nada de raro que comiencen a contar chistes de negros y de Jaimito.

El cantinero se quita la nariz roja y advierte que está entrando un chivo negro a la cantina.

El presidente habla en el televisor. Se encadena.

—¿Qué es esto? ¿Una pesadilla? –grita el venado macho.

La cucaracha ebria que se fugó del libro de Kafka, increpa:

—¡Ignorantes!, lo que pasa es que se ha creado el Ministerio de la Felicidad.

El chivo negro, cada vez más grande, levantando la cara, aclara:

 —¡Ni ministerio, ni felicidad, ni pesadilla! ¡Esto es una metamorfosis! Todo está cambiando.

Salta el presidente del televisor y chiquitico, desde la barra, exasperado grita:

—¡Golpistas!

Asombrados, no lo miran a él, miran al chivo. Lo reconocen, es el periodista Oscar Yanes.

—¡Explique, poeta! –dice Leonardo Padrón desde la esquina de la barra, mientras, en una copa, toma un chicha con ginebra decorada con una aceituna con semilla, al tiempo que escribe un poema a Mariaca, una ruiseñor hembra con pico de plata y hoyuelos en los cachetes que se coleó en este cuento.

El ilustre chivo negro revela por fin lo que está pasando:

—¡Yo no guabineo! Regresamos al pasado y caímos en el futuro sin haber estado nunca en el presente –sentenció con énfasis.

—¡Chúpate esa mandarina! –grita dicharachero el venado macho, mientras el presidente, cada vez más chiquitico, vuelve a meterse en el televisor para seguir hablando.

Un zancudo de izquierda oprime un botón a la derecha y desde el control le pone mute al televisor; ahora, el presidente, sólo gesticula.

Nadie sabe lo que dice, nadie sabe qué está pasando, ¿será que Zapata al igual que Velázquez nos está dibujando?

Pero muy pronto entenderán, porque Oscar Yanes vive en el corazón de todos los hombres libres, sabios y de buena voluntad.

¡Así sí son las cosas!

¡Seguiremos vibrando y usted, donde esté, nos verá cubriéndonos de gloria!