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Claudio Nazoa

La conspiración de Obama

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Las psicosis de los seres humanos son bastante raras. Hay gente que se vuelve obsesiva con cosas que se convierten en enfermedad psiquiátrica, lo cual no necesariamente hace perder la consciencia.

Hay personas que cuando caminan por la calle no pueden pisar las rayitas de la acera y andan como bailando. Al lector podría parecerle cómico, pero para el enfermo es horrible, porque sabe que no debería estar haciendo eso; sin embargo, no puede controlarlo.

A algunos les da por la limpieza obsesiva y pasan todo el día y todo el tiempo limpiando. Lavan los platos varias veces, andan siempre con un pañito y una botella de cloro o alcohol en la mano; vuelven locos a los familiares con su desesperación por la limpieza; incluso, llegan al extremo de que si uno está cortando cerca de ellos, cada vez que sueltas el cuchillo un segundo, lo lavan aunque no hayas terminado de usarlo. Generalmente, si no se curan, pierden pareja y familia porque esa manía es incalable.

Otros, como los piromaniacos, sienten placer al provocar incendios para luego deleitarse viendo el desastre. También tenemos a los cleptómanos que son personas no precisamente ladronas y que, no importando su status social, disfrutan robando cosas específicas. Estos dementes son realmente detestables porque no les preocupa robar en cualquier parte, sobre todo en cualquier casa, por ejemplo: se llevan cuchillos, copas, adornos, cuadros o lo que sea de tu casa o de tu oficina. Después lo guardan como trofeo: “Esto me lo robé en la casa de Claudio”.

Otra enfermedad catastrófica afecta a los llamados acumuladores; ellos tienen la espantosa manía de guardar y guardar, indiscriminadamente, cosas de todo tipo. Las acumulan donde sea, a veces compran comida u objetos y ni siquiera abren la bolsa o el paquete al llegar a la casa, lo importante es guardar y guardar: los peores guardan hasta los desperdicios humanos. Esta gente, normalmente, llega a extremos en los que obligatoriamente tiene que intervenir la familia, vecinos y autoridades, para obligarlos a limpiar sus casas, y cuando esto ocurre, estos maníacos sufren terribles depresiones, y llegan incluso al suicidio.

Hay los que sufren de manías persecutorias, como el síndrome de Truman show, en alusión a la famosa película. Normalmente son seres atormentados, acomplejados, inseguros y extrañamente egocéntricos. Nunca asumen la responsabilidad de las cosas que les suceden. El miedo los paraliza y no los deja actuar. Ven enemigos en todas partes, creen que son muy importantes, que los están espiando y que los quieren asesinar. Oyen voces, inventan intrigas, viven rodeados de seguridad extrema y son desconfiados, sobre todo con las personas que tienen más cerca.

Hay casos en los que el individuo puede llegar al extremo de creer que, por ejemplo, el presidente de Estados Unidos lo tiene acosado y está planificando un complot contra él. Cambia de aviones porque piensa que Obama le va a sabotear el vuelo. Suspende viajes por temor de que Barack esté conspirando contra su vida. Despotrica del presidente norteamericano cada vez que puede, haciéndose la víctima.

Me refiero, por supuesto, al triste caso de Miriam Carey, mujer abatida en Washington cuando trató de ingresar con su automóvil a la Casa Blanca. Las características enumeradas anteriormente aparecen en el informe del FBI, refiriéndose a la pobre Miriam Carey, quien vivía atormentada pensando que el jefe del imperio tenía un plan para acabar con su vida.