• Caracas (Venezuela)

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Elías Pino Iturrieta

Sobre el 23 de Enero

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Durante el régimen de Pérez Jiménez, la sociedad jamás se somete plenamente a la represión y a la arbitrariedad. Logra desenvolverse con cierta comodidad en los más diversos oficios, desde la creación artística hasta la forja de nuevas famas y fortunas. Poco a poco, la colectividad llega a imponer a la dictadura manifestaciones de libertad y de convivencia civilizada que no tenía en el programa. Por su lado, el gobierno se permite extravagancias –como la voluntad nunca explícita de crear en Sudamérica una Internacional de las Espadas, y hasta ciertos desplantes frente a Estados Unidos– que se desvanecen sin provocar conflictos. Así transcurre la rutina, entre paciencias, simulaciones y aguantes relativamente llevaderos, hasta el momento en que pueblo y gobierno se plantean el rompecabezas de un nuevo período constitucional.

Pérez Jiménez ha sido impuesto por una Asamblea Constituyente, su constituyente, para un período que se extendería desde el 19 de abril de 1953 hasta el 19 de abril de 1958. Próxima la segunda fecha, la sociedad se siente ante una encrucijada en cuyo anuncio se levanta la inesperada voz de la Iglesia. En carta pastoral de 1° de mayo con motivo de la fiesta de san José Obrero, el arzobispo de Caracas lanza la primera piedra justo a un año de las elecciones previstas, refiriéndose a las difíciles condiciones sociales que se experimentan, especialmente en el seno de la clase trabajadora. Es la inesperada manifestación de un movimiento de mayor calado, desconocido por la generalidad de las personas pero convertido en reto público el 14 de junio mediante la creación de una Junta Patriótica. La Junta Patriótica es un organismo de acción política mancomunada, en el cual participan representantes de AD, URD, PCV y COPEI. Animan la resistencia, suscriben sucesivos manifiestos ante el Congreso Nacional, ante las Fuerzas Armadas y ante la nación entera, que los recibe con curiosidad, simpatía y entusiasmo. Los manifiestos claman contra el continuismo y por el ejercicio de sufragios libres. Entonces el movimiento estudiantil, inicialmente universitario y después también liceísta, cobra dimensiones nunca vistas hasta desembocar en la huelga de 17 de noviembre, ferozmente reprimida con saldo de centenares de presos.

Tal es la reacción de los voceros fundamentales de la colectividad ante la necesidad de enfrentar el reto del próximo período constitucional, mientras el gobierno propone, con retardo, una fórmula jurídica para legitimar su permanencia. Acude a la convocatoria de un plebiscito aclamatorio, burlándose así de la ya ubicua protesta por la falta de democracia. En estas condiciones se desarrollan hechos de violencia en cascada, tanto civiles como militares, que desembocan en el 23 de Enero de 1958.Lo que al principio parece una lucha de David contra Goliath termina en el derrocamiento de la dictadura. Ha sucedido una conjunción en extremo paradójica. Los civiles pugnan contra el dominio militar, y los militares se rebelan contra la privanza de los civiles convertidos en poderosos funcionarios de Pérez Jiménez: Vallenilla Lanz y Estrada. Teniendo resortes diversos para el pugilato, terminan unidos en la misma causa. Pero se ve tan robusta la fusión que ni siquiera quien se ha juzgado como aliado del régimen, el gobierno de Estados Unidos, se hace presente en la escena. Olvida que tres años antes concedió la Legión del Mérito al mandatario cuestionado y lo abandona a su suerte. No hay ningún poder, ni doméstico ni extranjero, que se atreva a enfrentar la conjunción de 1958, semejante a la de 1945.

En el acontecimiento histórico que ahora protagoniza Venezuela está de nuevo presente el nexo establecido entre “blusa y uniforme”, el vínculo entre los sectores populares y una importante fracción de la oficialidad, sobre cuya trascendencia llamó la atención Rómulo Betancourt en el octubre fundacional de la democracia. El pueblo en la calle y las Fuerzas Armadas fuera de los cuarteles constituyen la respuesta a la proclamación de Pérez Jiménez como jefe del Estado por otro período de cinco años, que ocurre el 20 de diciembre de 1957. Cuarenta y cuatro días más tarde, el “presidente constitucional” escapa a la República Dominicana. El pueblo recobra el ejercicio de su soberanía, otra vez con el Ejército a su lado.