• Caracas (Venezuela)

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Rodolfo Izaguirre

La bicicleta

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Siendo muchacho tuve una bicicleta Legnano de carrera y entré en contacto con unos ciclistas agrupados en el club Olimpo. Varias veces la llevé a arreglar al taller de Bruno, un viejo ciclista italiano que había participado en el Giro d’Italia y tours europeos. Era un local pequeño y las bicicletas colgaban en el techo de unos ganchos lo que permitía desarrollar con facilidad los trabajos de reparación y mantenimiento. Resultaba grato hablar con el viejo sobre sus glorias pasadas y saborear aquel idioma suyo que incorporaba alguna que otra expresión castellana.

Mi memoria trata de rescatar de él una jovialidad que posiblemente no existió o que disimulaba muy bien porque una mañana no abrió la santamaría y cuando sus amigos o clientes más allegados, preocupados, lograron abrirla lo encontraron ahorcado con el mecate anudado a uno de los garfios y él como si fuese otra bicicleta más. La noticia me produjo un estremecimiento del que tardé mucho tiempo en recuperarme y lentamente fui dejando a un lado la pasión por la bicicleta no sin antes alcanzar un honroso segundo lugar en una amistosa competencia Caracas-Valencia. Mis rivales minimizaron el triunfo diciendo que era justo que hubiese conquistado aquel segundo lugar porque apenas éramos dos los competidores.

En París, donde viví algunos años, intenté recorrer Francia, pero no llegué muy lejos y deserté por completo del empeño en andar sobre dos ruedas (¡sin caerme!). No obstante, mantengo intacta mi atención sobre el ciclismo; no pierdo de vista el Tour de France y en un tiempo conservé fotos de Fausto Coppi, Jacques Anquetil, Eddy Merckx, Miguel Indurain y veo hoy con tristeza las de Lance Armstrong; pero sabía todo lo que tenía que saber de ellos con justificada admiración.

Cuando veo pasar a mi lado a algún ciclista pedaleando con esfuerzo me complazco en observar su cuerpo delgado y fibroso, la fortaleza de sus piernas y la indumentaria que lo viste y protege y se remueve en mí el tiempo en el que también yo pedaleaba con sacrificado vigor por la vieja carretera de Los Teques o enfilaba desde Petare hacia los Valles del Tuy por carretera de tierra.

Y recuerdo el encuentro en el consulado venezolano en París, frente al célebre Café de la Paix cerca de la Ópera, con un muchacho venezolano que mencionó su dedicación al ciclismo. Eran tiempos perezjimenistas y coincidimos en el consulado porque él recibía allí su correspondencia y porque yo apreciaba mucho al cónsul, hermano de Gustavo Machado, que conocía mi aversión al fascismo perezjimenista y jamás le vi ningún gesto de contrariedad.

El hecho es que me animé al saber que aquel muchacho tenía relación con las bicicletas y lo invité a tomar un café enfrente, no sin antes señalarle que se trataba de un lugar de deslumbrante tradición parisina que había visto sentarse allí a Orson Welles, a Maupassant, a Alfonso XIII y que un poco más allá, en el boulevard des Capucines, George Méliès había entrado en la historia como el primer mago del cine.

Me contó que estaba en la Ciudad Luz invitado a participar en el sur de Francia en una competencia que juzgaba difícil y de gran repercusión en su propia trayectoria personal, pero que estaba alborozado y seguro de que saldría airoso de ella. Nunca olvidaré lo que me dijo en aquel Café de la Paix, porque de su empeño en lograr y alcanzar lo que se había propuesto construí una norma de vida válida para todos nosotros: “En mi casa me decían que con esa bicicleta no iba a llegar a ninguna parte”. Hizo un amplio gesto con el brazo, miró a su alrededor y, radiante, exclamó: “¡Estoy en París!”.