• Caracas (Venezuela)

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Ignacio Ávalos

El viaje

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I.

El presidente Maduro fue a China para pedir auxilio. Una bombona de oxígeno, por fa, dijo al llegar a Pekín. El resultado de la visita fue el que cabía esperar. Los chinos propusieron e impusieron. En la alianza estratégica anunciada, China puso la estrategia y Venezuela escasamente la firma en los 28 contratos. Todo a cambio del poquito aire que se consiguió, bueno para que el Gobierno pueda respirar por un tiempo.

China es un país hermano y socialista, nos informan para que estemos tranquilos. Pero no obstante, aquí estamos preocupados, pues sabemos que la sociedad china se desliza por los caminos del capitalismo, regentado por el Partido Comunista (¿qué hubiese dicho Marx?). Hace rato que nadie le reza a Mao y algunos expertos aseguran, además, que es un capitalismo de la especie salvaje, visto como se ocupan del medio ambiente y tratan a los sindicatos, por decir sólo dos cosas y no meternos con su sistema político, en cuyo menú la palabra democracia es, apenas, adorno para entrar en el reino de lo “políticamente correcto”. Y, como suele pasar con todo país grande y desarrollado, se le ven colmillos de nación imperialista.

II.

El viaje del presidente Maduro deja al descubierto el país del que se ha venido presumiendo en los tres últimos lustros. Deja con las costuras al aire el país potencia, el país soberano, el país productivo. Muestra una crisis que no deriva de la caída de los precios petroleros, lo cual la hace aún más grave y dramática. Pone en evidencia la precariedad del molde y del modo conforme a los cuales se condujo a la sociedad venezolana. Explica los errores de un gobierno puesto en manos de un caudillo infalible, convertido en ombligo del Estado, sin contrapesos para sus pretensiones, traducidas éstas en desiderátum nacional. Pone de bulto la arrogancia oficial, el discurso épico, la obsesión por “hacer historia”, la búsqueda siempre del jonrón y el descuido por las jugadas de rutina como estilo de gobierno.

III.

El viaje del presidente Maduro es la consecuencia de no haber descifrado los signos de los tiempos. De no enterarse en qué códigos viene expresado el siglo XXI y haber mirado con más atención el siglo XIX. De haber jugado a la ideología y soslayar la realidad. De haber dejado intacta la esencia de nuestra condición rentista. De haber ceñido la estrategia de desarrollo social al reparto poco cuidadoso de la riqueza petrolera. De haber militarizado la gestión de lo público. De asumir la política como voluntarismo, es decir, cuestión de testículos y ovarios. De creer que un país puede ser dos países distintos y hasta enfrentados, que el diálogo es debilidad y la negociación traición. De ocultar las estadísticas o manipularlas y volverlas propaganda. En fin, la consecuencia de evadir siempre la responsabilidad respecto a los errores cometidos y trasladarla a terceros.

IV.

El viaje a China del presidente Maduro indica, lástima, que no tenemos el país que pudimos haber tenido. Que se defraudó una gran esperanza colectiva. Que se perdió la oportunidad de enderezar los caminos que se venían transitando antes de 1998 y de reparar las fallas estructurales que nos venían haciendo un país muy desacomodado, sobre todo desde el punto de vista social. Indica, así mismo, que los logros alcanzados durante estos quince años se irán desvaneciendo, están colgados de alfileres.

Este viaje indica, así pues, que, por donde se la mire, la situación nacional es de cuidado. Con desconsuelo y amargura, cualquiera observa que ha pasado poco de lo que los venezolanos deseaban que pasara. Y que ha pasado mucho de lo que los venezolanos hubieran deseado que no pasara. El viaje determina un giro y la necesidad de pasar la página. Muestra que con la realidad no se juega. “Si no hay leal, no hay lopa”. 

Harina de otro costal

Empieza la temporada de beisbol. El estadio aparece como uno de los pocos espacios amables que aún nos quedan, en el que no tiene cabida el relato político según el cual este país es dos países. Empieza la temporada, así pues, y con ella, en mi caso, la renovación de la fe en los Tiburones de la Guaira, mi equipo en virtud de una decisión caprichosa que ha terminado en adhesión imprescindible e incondicional, con trazas de feligresía.