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Juan Carlos Gardié

Sociología China (Amor de Viento Cola’o)

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Hace años, mi prima Estílita se graduó de bachiller en un liceo nocturno de un perdido pueblo oriental del país. Acto seguido viajó a la capital para estudiar en la universidad. Entró en Sociología y como simple calentamiento le dijeron que leyera La soledad del hombre y El lobo estepario. Ella, valientemente, se había negado al claustro de un lugar sin porvenir, donde lo más parecido a una lectura académica era escuchar el programa radial El Galerón Vespertino y lo otro era asistir a los mítines que mal esputaban los candidatos a alcaldes durante los inicios de la descentralización. Estos discursos ocurrían en un gran solar del barrio Viento Cola’o, donde el billar, las bolas criollas, el truco y las frías por cajas servían como comparsa a los precarios candidatos.

Estílita leyó apenas algo del prólogo de uno de los textos sugeridos y saltó despavorida a cambiarse de carrera.

—¡Lo mío es práctico, primo! –me dijo.

—Pero no hay un cierto espacio… –respondí.

—Ni pa’amarrá un gallo. Eso de meterme en profundidades no es mi fuerte –comentó algo prendidita, ya que en el pueblo se entrenó en el verborreico deporte de conversar alrededor de una mesa atiborrada de crudos bachilleres de sólidas convicciones pro etílicas. Todos parecían creer que la universidad era una simple jugada de trámite natural en sus vidas.

Mi prima se inscribió en Derecho pero ya era demasiado tarde: comenzaba el socialismo del siglo XXI. Las reglas del juego se transformarían en adefesios jurídicos de redondeada y engominada talla constitucional. La institucionalidad se convirtió en un indescifrable rompecabezas comenzando por cambiar nombres, mientras las expropiaciones dejaron de ser amenazas para convertirse en la más clara acción contra la propiedad privada. Se formalizó un equipo para justificar desaforados arranques ególatras y enderezar entuertos verbales del hoy extinto líder. El incalculable caudal de dinero que entró al país no tuvo a nadie que lo controlara y la regaladera a cambio de adulación y poder internacional con aristas mesiánicas cada día más evidentes, se desbordó. La producción nacional desapareció casi en su totalidad y la severa crisis política llegó al fondeadero militar. El país entró en el vórtice iracundo de una vorágine social signada por marchas, contramarchas, paros, huelga general, vacío de poder o golpe de Estado, como prefieran. Secuestro, ida, venida, petróleo detenido, crucifijo en mano y el rojo luto que hoy se vanagloria de tres lustros. Más Cuba pero con la firme decisión de consolidarse en nuestra patria, como en los tiempos cuando se atrevieron a invadirnos por Machurucuto. Ah, perdón, eso lo recuerdan como un acto glorioso, como los asesinatos del 92, cuando los gobernantes de hoy patearon violentamente el tablero de ajedrez, manchando peones con sangre local. Estílita nunca vio un derecho más torcido y se retiró.

—Si algo he aprendido, primo… –dijo– es la palabra praxis. Quiero praxis.

Observó un macrofenómeno llamado ley habilitante, que en ese momento pusieron en manos de un señor con un amplio y variado guardarropa, incluida banda presidencial. También vio que la señal de costumbre en el Parlamento no era enseñar el dedo medio, como en el pueblo, sino levantar el brazo rojo.

—¡Encontré el auténtico sentido de la praxis! –gritó. Se metió a chavista.

Hoy día cobra de misión en misión y es decidora local o microfonista comunitaria, egresada de una universidad adscrita al “ministerio del poder popular para la transformación vital de lo que sea necesario para mantenerse en el poder o cualquier otra cosa que se presente”. Su trabajo consiste en leer correos sobre magnicidios, aportar falsos testimonios, aplaudir, adular, tomar fotografías para radio FM y declarar que su colectivo no tiene armas, ni siquiera andan en motos sino en triciclos lamiendo chupetas, mientras sus cuadros solo hacen tortillas con los huevos que recogen de los gallineros verticales y recolectan pepinos hidropónicos que exceden las necesidades alimentarias de los dignificados que siguen en el Sambil de la Candelaria. La contraloría social evita que se fumen los enormes vegetales en la pollera de la otra acera. No podemos obviar el avance intelectual de mi prima dada su excelente memoria para aprender 666 consignas diferentes exaltando a sus dioses paganos, aunque todos dicen lo mismo pero al revés. Como corolario de su carrera académica-pragmática, se convirtió recientemente en promotora ad honorem de centros comunales, aunque su camioneta blindada sugiere una que otra pequeña dádiva por servicios prestados al proceso.

Hace un par de días me la encontré en un restaurante chino en Bellas Artes. La recordé cuando soñaba con ser una universitaria auténtica, llena de conocimientos y amor por un gran país, pero nuevamente estaba alrededor de una mesa con gente similar a la de Viento Cola’o, pero con franelas rojas y ahora con un frasco lleno de líquido muy bien añejado.

—¡Primo! –me gritó emocionada al verme.

—¡Estílita! ¿Qué haces en esta suerte de lupanar asiático?

—¡Refrescándome después de la marcha! Hoy me tocó la logística: sanguches, sobres con su platica, alguito espirituoso, tú sabes, y cuadrando lo de los autobuses.

—Estás echando pa’lante –mascullé.

—¡Claro que sí! En un par de meses me voy a vivir a China comunista. ¿Qué tal? –presumió.

—¿Te estás comenzando a ambientar comiendo lumpias en salsa Mao? –dije.

—No, mi primo. Ya he estado allá dos veces. Lo que pasa es que un camarada del barrio y yo nos vamos a casar y él está allá formándose para el futuro –dijo entusiasmada.

—¿Y en qué se está formando? –pregunté incisivo.

—En sociología –acotó orgullosa.

—¿Sociología china? –repiqué algo burlón. Hubo un tenso silencio mientras ella me miraba desorientada.

—Como que sí –medio atinó.

—Y además hace alguna otra cosa, qué se yo… ¿trabajar, por ejemplo? –pregunté.

—¡Claro, chambea con gente asociada a McDonald’s en Beijing! –contestó como quien llega al cielo.

La miré fijamente. Casi se me salen las lágrimas. Recordé la apertura roja al mercado capitalista internacional, el desangramiento del fondo chino, nuestra deuda externa, sufrí por mis compatriotas execrados de las empresas de construcción lideradas por contratos de rostro amarillo, y me despedí como si nada.  

—Te veré cuando vuelvas de la China y veas que el futuro está aquí. Se está construyendo a pesar de ustedes. No le besaremos las botas a ningún milico con mirada horizontal. Viento Cola’o te recordará y te dará la mano a tu regreso, porque este pueblo, el de verdad, sabe lo que es amar a la familia. Adiós, mi prima. A mi tía, tu madre, que me bendiga –y caminé lento al Metro. En Colegio de Ingenieros, se me cayó un llanto patrio.