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Juan Barreto

La guerra del anillo

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Para el filósofo francés Michel Foucault, la política podía explicarse con esta frase del poeta Valery: “Lo más profundo es la piel”. Una idea hermosa que descubre las profundidades del arte de las superficies. Paradoja que conocen los arqueólogos. Deben escarbar para descubrir qué nos deparan las nuevas capas de superficie para que lo oculto salga a la luz. El arte de la política debe permitirnos reconocer en los tiempos que corren, los eventos que nos guiñan los ojos y nos permiten descubrir las máscaras susceptibles de desnudarse para mostrar su verdad, para tomar las cosas allí donde nacen, hender las palabras y así colocarnos en la “emergencia” que permite sumergirse en el instante-acontecimiento de la verdad política.

Con esta referencia en mente, topamos con los actos y concentraciones de la oposición en relación con las candidaturas electorales para las elecciones municipales. Encontramos que todas compiten por ser cada una más escasa que la otra, en cuanto a ideas y también a concurrencia. Pura escenografía y maquinaria. Al menos por ahora no se sienten convocados. Nadie se anima ante las apetencias político-partidistas y los liderazgos que se ofertan. Cada vez que sale al ruedo uno de ellos se escucha el bostezo general.

A los seguidores de la oposición los entusiasman banderas “más elevadas”, presuntas “grandes causas” puestas de moda y promovidas de forma unánime por sus medios. Todo lo demás es inactual, no hay cable a tierra, porque en el fondo es más cómodo movilizarse en torno a consignas generales antipoder, que ante una sospechosa propuesta de poder. Los opositores no quieren al chavismo, pero se ven en el espejo de Carmona con todo su derroche de miseria humana y entonces movilizan su conciencia infeliz ante cualquier candidato. Desconfían de todo aquel que desde sus filas tenga alguna pretensión, pues en última instancia es percibido como un oportunista que se recuesta del movimiento general para lograr su objetivo particular.

De allí la simpatía que despiertan los jóvenes de derecha de las universidades privadas en este sector (siempre se trata de un régimen de opinión, una mirada rápida sobre la cosa antes que desaparezca). Son vistos como idealistas y bien intencionados, sin ninguna aspiración personal. En lo que aspiran a algo pierden su capital político y desvanecen su carisma como el humo. Pero la ambición es ciega y andan haciendo caminatas con candidatos, en mítines sin esperanza y hasta lanzados a cargos. Vaya paradoja para la oposición: los líderes con los que cuentan son de dudosa reputación y no gustan para puesto alguno. Y los emergentes deben mantenerse impolutos o de lo contrario pierden el beneficio de la magia carismática que les depara este instante de virginidad. O la raya antipática del discurso vacío a lo Machado y la sustancia molusco de Capriles.

Ocurre que la oposición es una masa de individuos, no una multitud colectiva; y en ese sentido, secretamente, en la dimensión del individuo, ninguno de sus miembros perdona que otro desee lo mismo que él. Es la guerra por el anillo. Tendrían que flanquear este dispositivo (el que Foucault describiera como el mundo de los sujetos infames, es decir, el de aquellos atrapados en la oscuridad de sus vidas interiores, sin fama, sin flama) y generar una línea de fuga que los lleve al poder. Pero esta es otra historia, dirían en Las mil y una noches.

Los indios navajos solían clavar un cuchillo en la tierra y colocar el oído en la empuñadura para escuchar por este auricular. Recomendamos a los sesudos analistas de los medios recorrer estos caminos a ver si salen del resbaloso laberinto en el que se encuentran. Solo así se puede cartografiar el presente para hundirse en las profundidades de tales superficies.