• Caracas (Venezuela)

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Ildemaro Torres

Y va largo

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Siendo manifiesto nuestro deterioro ético, dentro de este sistema de justicia signado en unos casos por las complicidades, impunidades y excarcelaciones negociadas, y en otros por el encierro y abandono a su suerte de millares de seres hacinados y humillados en asquerosos antros penitenciarios; está más que justificado luchar por alcanzar, volver a tener y lograr mantener ante el mundo, la naturaleza e imagen de una nación democrática, abanderada en el cultivo de valores fundamentales jurídicos y de dignidad; y no la triste y vergonzosa de un país en ruina producto de asaltos y confiscaciones agrícolas e industriales por parte de algún caudillo, y por el despilfarro administrativo unido a un ávido saqueo gubernamental de los bienes de la República.

Muchos venezolanos nos acercamos por primera vez a lo político durante la dictadura de Pérez Jiménez, época de terror en la que las charreteras, los sables y en general lo castrense eran sinónimos de abusos, torturas y crímenes. Llegada la democracia, con todo y ella hubo cierta restricción a la expresión del pensamiento, así los asuntos militares eran calificados de “tema delicado”. Con la experiencia de la década dictatorial y el panorama desolador de un continente lacerado por los Odría, Castillo Armas, Rojas Pinilla y tantos otros, quedó establecido que aun evitando actitudes prejuiciadas, se desconfiara de la alta oficialidad de cada uno de esos países. Superada la ola de viejas dictaduras se pensó que un aire más humano recorrería América Latina, pero entonces los militares uruguayos, argentinos y chilenos, se sintieron obligados a recordarnos con ríos de sangre, su apego a la barbarie.

Ya ha pasado suficiente tiempo para saber quién es quien, qué quiere y en qué anda, dentro de la pandilla que hoy preside y contamina el destino nacional. Aunque un hábil tasador del precio de altos oficiales, jueces y parlamentarios, con la ostensible mediocridad del heredero trepador ha quedado claro que no le es factible devolverle al país su economía, sus instituciones, su prestigio; como tampoco cuestión fácil y de pocos días traerlo de vuelta del estado de destrucción, corrupción e involución a que lo condujeran el barinés y él, su sucesor.

Conforma una bochornosa situación lo que en Venezuela hace el hampa, desde el cobro de peaje en el barrio hasta el robo voraz al erario por funcionarios del régimen; a ello se suma a diario en las diversas morgues la desgarradora escena determinada por los homicidas. Duele ver junto a las rústicas urnas de madera amontonadas como simples cajones, los numerosos ancianos reclamando y esperando la entrega del cadáver de sus hijos y nietos, para, hundidos en la tristeza y contrariando por su edad una natural ley biológica, darles ellos sepultura a esas vidas truncadas en plena juventud.  

Escenas a las que ahora asistimos, frecuentes y graves, no son asomos de una conducta fascista de residuales bandas chavistas, sino fascismo militante cívico-militar, como expresión concreta de rechazo a todo lo que signifique intelecto, sensibilidad, estudio, y en general cultura; no siendo por tanto casuales la animadversión y ataques a las universidades autónomas, ni el ensañamiento represivo contra estudiantes que en su condición de seres pensantes con capacidad analítica y sentido crítico se opongan al régimen cuartelero.

Es el nuestro un extraordinario país y con un noble pueblo, por lo cual me permito terminar expresando esta sentida aspiración: no más ignorantes en ejercicio del poder, y cese del fenómeno degenerativo de la moral personal y colectiva. Basta de la pretensión oficial tanto de trastocarnos la historia, la realidad y la vida, como de convencernos de que valemos poco.