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Nelson Rivera

Libros: Harry G. Frankfurt

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A On bullshit, publicado en 2006, siguió On truth, publicado en 2007. Más que complementarse, uno y otro tema, el de la charlatanería y el de la verdad, se entrecruzan y abren a una mejor comprensión bajo el mutuo contraste. Y es que Sobre la charlatanería/ Sobre la verdad (Paidós, España, 2013) tienen, en principio, un punto de referencia en común: la tensión entre lo verdadero y lo falso.

Parte de esto: vasto fenómeno, todos contribuimos al inmenso caudal de charlatanería que circula por el mundo. La charlatanería desborda la realidad, la anega. El charlatán tiene una intención: la de engañar. Su procedimiento tergiversa. Pero hay algo más: porta una pretensión. La pretenciosidad es, muy a menudo, su causa. Pero el que tergiversa lo hace en dos sentidos: deforma aquello sobre lo que habla, pero también se deforma a sí mismo: imposta un estado de ánimo, un conocimiento, una experticia, un saber que no tiene. Busca causar una determinada impresión, pero sin someterse a las exigencias de la precisión, de lo verdadero. Habla por hablar, aun cuando sus palabras no concuerden con la realidad. Tergiversa porque le importa el público. No piensa si sus afirmaciones se corresponden con los hechos. Su preocupación no está en la realidad, sino en la audiencia. No le perturba la no comprobación. No solo los políticos, también los periodistas protagonizan prácticas de charlatanería de nuestro tiempo.

El charlatán está más próximo al faroleo que a la mentira. Su intención no es la de mentir, sino la de actuar de modo fraudulento. El charlatán falsifica. Y, aunque las personas tememos más a la mentira que a la charlatanería, Frankfurt sostiene que esta es más perniciosa que aquella. Mientras la mentira se posiciona ante la verdad, con lo cual la reconoce (la ratifica, la legitima), el charlatán, más libre y con unas posibilidades creativas que la mentira no tiene, desconoce tanto la verdad como la mentira. Se coloca en terreno inasible. Ello explica la potencia de la demagogia. El charlatán estimula el cinismo, la incertidumbre, la dificultad de saber en qué consisten o no los hechos. El charlatán se corresponde con el farsante.

Del ensayo Sobre la verdad apenas alcanzo a decir: luego de atravesar limpiamente ese campo siempre minado que consiste en aclarar la farragosa cuestión de lo verdadero y lo falso, Frankfurt se atreve a este enunciado: “Las sociedades no pueden permitirse tolerar a nadie ni nada que alimente una indiferencia displicente ante la distinción entre verdadero y falso. Mucho menos puede consentir la gastada y narcisista pretensión según la cual ser fiel a los hechos es menos importarte que ser fiel a uno mismo. Si hay una actitud intrínsecamente antiética a una vida social decente y ordenada, es esta”.