• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Eduardo Mayobre

Caudillos reales

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Hispanoamérica ha sido tierra de caudillos. En sus dos siglos republicanos pueden contarse por centenas los que han encabezado a sus huestes para asaltar el poder, y al menos por decenas a los que lo han alcanzado. En Venezuela el siglo XIX fue tiempo de caudillos. Los viejos próceres de la independencia o los terratenientes regionales reclutaban a sus peones para, con armas en la mano, hacer valer sus privilegios. La primera mitad del siglo XX no fue muy diferente. Pero se caracterizó porque en vez de varios caudillos se tenía uno solo.

Tanto así que una de las virtudes aclamadas de Juan Vicente Gómez es que acabó con los caudillos: creó el Ejército nacional e impuso orden, paz y trabajo. Como su dictadura coincidió con los inicios de la riqueza petrolera, la figura del caudillo único adquirió en el inconsciente colectivo, y particularmente en las fuerzas armadas, un ascendiente que no ha sido erradicado totalmente.

La imagen positiva del caudillo es la de quien pone orden y limita las fuerzas de la anarquía. Es quien le da un sentido a la acción pública y pone las cosas en su sitio. Tal concepto del hombre providencial, capaz de superar los males que aquejan a la sociedad ha estado presente tanto en Venezuela como en América Latina a lo largo de su vida independiente. Lamentablemente, la realidad de los caudillos ha sido muy diferente de la idea romántica del hombre providencial. Los caudillos reales no han sido exactamente quienes han representado a sus pueblos, sino quienes les han conculcado su libertad.

El contraste entre el caudillismo teórico y el caudillismo real se asemeja al que se presenta entre el socialismo científico (o utópico) y el socialismo real. Todos hemos soñado alguna vez con una sociedad socialista, porque ella representa la más alta expresión de las aspiraciones de libertad, igualdad y fraternidad. Pero cuando nos hemos topado con los llamados socialismos reales nos ha tocado constatar que han sido lo contrario de lo que proclamaban.

Lo mismo sucede con los hombres providenciales, los caudillos. Aquellos que nos traerían la felicidad y eliminarían las lacras del pasado. Los caudillos reales han sido todo lo contrario de lo que prometían. En América Latina esto se constata fácilmente. Para limitarnos al siglo XX tenemos los casos de Trujillo, Somoza, Videla y Pinochet. En Venezuela, Gómez, Pérez Jiménez y Chávez. Quienes en lugar de redención han traído la sumisión y degradación de sus sociedades. Trujillo, por ejemplo, se hacía llamar benefactor y padre de la patria nueva. Chávez nos metió en el lío en que estamos. Y Pinochet dividió a un país cívico entre victimarios y víctimas de la violencia.

Lo que caracteriza a los caudillos es que en lugar de una visión sobre el país que pretenden gobernar, se proponen a ellos mismos como el modelo a seguir. Por ello les es indispensable su permanencia en el poder. Muchos la logran (Gómez, 27 años; Trujillo, 30; Somoza, 20). Cuando la salud, u otras circunstancias, se lo dificultan intentan imponer una dinastía. Gómez no fue siempre presidente. Inventaba mandatarios títeres pero seguía mandando y era el jefe de la causa. Lo mismo hizo Trujillo, quien les entregó temporalmente a su hermano y otros allegados la Presidencia de la República. Somoza no pudo continuar con lo mismo, porque fue asesinado. Pero la Presidencia recayó en su hijo mayor. Como éste no mostró pasta de caudillo, fue su hermano menor, Anastasio o “Tachito”, quien consolidó la dinastía.

Una consecuencia casi inevitable del caudillismo real es el culto a la personalidad. Trujillo le puso su nombre a la ciudad más antigua del continente. Sus seguidores, incluidos los presidentes títeres, enarbolaban la consigna “Dios y Trujillo”. La otra es que casi siempre intentan inventar una teoría que los justifique o glorifique. El Justicialismo, en el caso de Perón. El Nuevo Ideal Nacional, en el de Pérez Jiménez. El socialismo del siglo XXI, en nuestro caso más reciente. Para salir de continente y narrar una experiencia personal, en mi única visita a Rumania el viceministro de Relaciones Exteriores me aburrió media hora con su exposición sobre la originalidad del pensamiento socialista de Ceaucescu, otro caudillo.

Con todas sus deformidades, se necesitan ciertas condiciones para ser caudillo. En primer lugar, la egolatría. A Chávez le sobraba. Lo que no se puede ser es caudillo por delegación. Victorino Márquez Bustillos y Juan Bautista Pérez, presidentes de Gómez, no lo fueron. Para ser caudillo real hay que serlo realmente. Y quien se declara hijo de caudillo no está maduro para serlo.