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Jonathan Reverón

Retrato de un derrumbe

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Es jueves 9 de mayo y sobrevuelo Maiquetía-Miami. Con la ¿fantasía?, de que durante mi ausencia algo terrible va a pasar, porque ¿no quiero estar allí?

Dejando la ciudad, rumbo al aeropuerto, el chofer me decía con toda seguridad que los tupamaros tomaban Caracas, que algunos motorizados vestidos de negro y pañuelos rojos terciados sobre sus cuellos recorrían la capital, demostrando quién manda de verdad.

A propósito del montaje de la Evita de Copi, dirigida por Orlando Arocha, mi lectura durante este viaje es Santa Evita de Tomás Eloy Martínez. Voy por la página 249 de 476. No paro de subrayar. Quizás, buscando en la historia de otros, entendiendo la propiedad cíclica de los hechos, alivio esta ansiedad.

Mientras vuelo también finjo locura ante las turbulencias. En el vuelo dan La vida secreta de Walter Mitty, de ese Ben Stiller que se nos presenta como un director audaz. Mitty, un hombre que nunca se atreve a hacer lo que piensa, hasta que un día llega al Himalaya, en la búsqueda de la quinta esencia: la fotografía de la que será la última portada de la revista Life. Yo en cambio veo la caja de mis cigarrillos, bebo un sorbo de vino y pienso, ¿enciendo uno en el baño?

En la página 236 de la novela, subrayo: “Cuando llega el momento de votar, los nietos piensan en Evita”. Sustituyo Evita por Chávez y la frase no pierde sentido. Y recuerdo al funcionario de inmigración que recién me retó –En los Estados Unidos te les quedas calladito, ¿verdad?–. Eso porque le pido que por favor me selle el pasaporte en cualquier hueco que consiga, me quedan dos páginas en blanco en el pasaporte, y temo, paranoicamente, que cuando pida la cita me digan en el Saime que no hay material. Me niego a buscar un gestor o patrocinar un chanchullo.

Seguimos pasando por una turbulencia y pienso en el poder de las Antillas. Página 224: “En 1951, después de un golpe militar anémico y fallido, Evita ordenó al comandante en jefe del ejército que comprara cinco mil pistolas automáticas y mil quinientas ametralladoras para que los obreros las empuñaran en caso de otro alzamiento”. Sigo prendiéndole una vela a la historia. La historia, como se pregunta Martínez: ¿Es así la historia? A lo mejor se construye de sueños, los hombres sueñan los hechos y la escritura inventa el pasado.

La azafata come en la punta del avión, sentada tras la puerta de la cabina del piloto. Nos miramos, ella indagando mi realidad aplastante, y yo pensando que su calidad de vida seguro es mejor que la mía. —¿Tiene más vino? –Es gratis. Y pregunto como cualquier cubano del período especial, o como cualquier cubano y ya…

Sigo inventando fábulas mientras, quizás, sobrevuelo la isla de Cuba. Se me antoja que en mi ausencia el pueblo, o lo que sea, se alza y el presidente va mucho más atrás de mí en una vaca sagrada. Pero no me saco de la cabeza eso de que los nietos de una mujer ayudada por el comandante supremo va a defender este horror que sufrimos, una retahíla de tragedias a la que las clases populares están acostumbradas, y por el simple agradecimiento de una vivienda con el agua regulada están dispuestos a darlo todo sobre el cadáver de otro caudillo.

Perdonen este retrato del derrumbe para olvidar que atravieso una turbulencia.

@elreveron elreveron@gmail.com