• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Eduardo Mayobre

Presos políticos

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Carlos D’Ascoli fue fundador y alto dirigente de ARDI, ORVE, PDN y de Acción Democrática. Fue ministro de Hacienda en el primer gobierno en que participaron los adecos y Senador por el estado Sucre durante 4 períodos constitucionales. Respetado por tirios y troyanos, sus memorias se titulan La honra de ser político y fueron publicadas póstumamente por el Banco Central de Venezuela. En ellas nos cuenta un caso que ahora resulta muy vigente.

Ricardo Tovar había sido condenado a prisión por participar en una conspiración en contra de la dictadura del general Juan Vicente Gómez. En contraste con los otros presos políticos, que eran encarcelados por arbitrio de las autoridades ejecutivas, había sido sometido a juicio. Este extraordinario proceder se debía a que había sido atrapado junto con un compañero que tenía nacionalidad estadounidense y el Gobierno había recurrido a la vía judicial para evitarse problemas con la potencia norteamericana.

Lo encerraron con los otros presos políticos y el día en que se cumplía su condena estaba esperanzado de obtener la libertad. Sus compañeros de prisión, cuya estadía no tenía límite fijo, se burlaban de su ingenuidad. Pero para sorpresa de todos a finales de la tarde sucedió lo previsto en la ley: “Ruido lejano de pasos que se acercaron a la ‘prevención’, aproximación al ‘buzón’, entrada del juez con una escolta, lectura de la sentencia, etcétera, y salida de Ricardo Tovar con sus macundales”.

Sigue el relato: “Lo sacaron en el bote en el cual los huéspedes de ese ingrato lugar hemos cruzado, al ser liberados, el brazo de mar que separa la fortaleza de tierra firme y, al poner Ricardo pie en ésta, lo dejaron libre. Se encaminaba hacia el centro de la ciudad, feliz y contento, a través de la placita cercana a la orilla marítima donde sus ángeles guardianes lo habían abandonado, cuando lo paran un esbirro y un policía y le dicen: ‘Esta arrestado’. ‘¿Cómo? –contestó– si me acaban de soltar. Cumplí mi pena, me leyeron la sentencia y me liberaron’. ‘Sí –le dijeron– pero es que antes usted estaba preso por cuenta del juez y ahora está preso por cuenta del general Gómez”.

La tradición del presidio político por decisión o capricho del mandamás de turno es larga en Venezuela y es posible asociarla particularmente con las dictaduras militares. Aunque prácticamente había desaparecido durante los años de la democracia, con la llegada a la Presidencia de un teniente coronel volvió por sus fueros. Esta vez de manera algo más sofisticada, porque en vez de dictarse la orden de prisión directamente por parte del caudillo o sus acólitos se controla la voluntad de los jueces y se les ordena a ellos que lo hagan. Lo que llaman la judicialización de la política.

El procedimiento ha funcionado tan bien que la única vez en que a una jueza se le ocurrió liberar a un preso personal del Presidente, porque había sido encerrado más de dos años sin que se le sometiera a juicio, fue ella quien terminó en la cárcel, por cuenta del caudillo, el cual fuera de sus cabales dio por televisión la orden, acatada fielmente por otros magistrados. La jueza Afiuni aún está privada de libertad, aunque ahora en condiciones menos infamantes.

La vigencia del problema radica en que quien actualmente ejerce la Presidencia de la República se siente heredero universal del comandante eterno. Y junto con la inflación y el desabastecimiento heredó también los presos personales de Chávez. Y no se atreve a heredarlos a cuenta de inventario. Le cuesta liberarlos, a pesar de las admoniciones que ha debido hacerle el papa Francisco, porque ello revelaría que todo el entramado judicial que los condenó era una farsa y porque sus propios extremistas se lo reclamarían.

Maduro no parece haber asumido que ahora, mal que bien, él es el presidente y para serlo necesita tener una personalidad propia. En consecuencia los presos personales de Chávez no debieran ser suyos. Para demostrarlo le quedan dos caminos: liberar a los presos personales de su antecesor y ductor, con lo que abriría las puertas para un entendimiento nacional, o arrestar a sus propios presos personales, con lo cual mostraría que es también heredero de la arbitrariedad del militar golpista que reanudó la tradición de los presos políticos, con juicios amañados. En su retórica intenta ser aún más agresivo y soez que el comandante eterno, aunque le falla el vocabulario. Pero quizás pueda aplicársele la fórmula que para Chávez utilizó un benevolente embajador gringo: no juzgar por lo que dice sino por lo que hace.