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Luis Pedro España

La felicidad ajena

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Los preparativos para el zarpazo económico siguen su tramoyérica marcha. Caminando por este ajuste, menos reconocido que anunciado, el gobierno dice estar preparando un golpe de timón. No importa qué tanto se esconda la devaluación y la inflación que nos aguarda el próximo año, será tan grande que harán palidecer el ya catastrófico año que está por terminar. Debe ser por ello que alguien, por allá dentro, como que advirtió sobre la necesidad de tirarle algo a lo social.

La primera medida lleva la marca de clase de quienes gobiernan. Crean una nueva dependencia cuyo ridículo nombre sólo tiene por objeto propiciar la burla de la oposición, tratando con ello de polarizar la opinión pública y tildar de insensibles o egoístas a quienes critiquen los magnos planes sociales.

Pero lo cierto es que la Vicepresidencia Social luce más que vacía. Casi treinta presupuestos de inexistentes programas sociales, que son los que dicen ser su contenido, más que insuficientes, son ineficientes para compensar en algo el trancazo económico que este impreciso e indeciso programa de ajuste le está propinando al pueblo. Tendrán que invocar otros. Los que sirvieron de propaganda, mientras el boom petrolero creó la ilusión de desarrollo consumista, no podrán paliar las consecuencias negativas de la presente crisis.

Como no hay forma de dar una sola buena noticia, el Instituto Nacional de Estadística tenía rato sin informar sobre lo que hasta hace poco había sido su indicador estrella: la pobreza de ingreso. A lo más, una fugaz declaración que hace alusión al año 2011. Ahora es la incorporación al mercado laboral de jóvenes y personas que antes se encontraban en situación de inactividad, y dejaron de estarlo obligados por la presión de un ingreso familiar que no alcanza, lo que presentan como la buena noticia de estos meses. ¿Qué paso con la pobreza de ingreso de 2013? ¿Ahora es el descenso del desempleo abierto la prueba de nuestra suprema felicidad?

El país y sus sectores de menores recursos necesita que el gobierno deje el disimulo y asuma la responsabilidad de la catástrofe socioeconómica que tenemos encima. Un mínimo de sensibilidad social debería obligarlos a implementar un despolitizado programa de auxilio social, que compense la caída del consumo, y que deje de lado esa fanfarronería nutricional de carbohidrato con gaseosa.

Con 50% de inflación, hasta 52% para los estratos más bajos, y un escenario aún peor para cuando terminen de aplicar lo que el ciclo electoral ha hecho que demore tanto, solo la testarudez de no parecer neoliberal es lo que explica que el gasto social, al menos en una parte, no se destine focalizadamente a compensar la situación de los más pobres.

Solo unos gobernantes que hacen política de cualquier cosa, y que parecen ser especialistas en hacerla con las miserias, han creado una dependencia para ocuparse del costo social de su ajuste pensando más en el impacto opinático que en la necesidad de contar con un órgano rector de algún plan social que trascienda la tradicional forma de hacer proselitismo con las necesidades de la población.

Dejen que los venezolanos se ocupen de su propia felicidad y ustedes de cosas más simples, como ordenar la económica, compensar sus consecuencias y responsabilizarse por lo que han hecho.