• Caracas (Venezuela)

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Ramón Hernández

Incompetentes

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Quien con alguna información elemental escucha las declaraciones de los diputados oficialistas, de los sabihondos del gobierno y de los integrantes de lo que por licencia periodística y versatilidad del idioma se ha venido denominando “gabinete económico”, debe acordarse de lo exitoso que fue, en asuntos del sexo, John M. Keynes con su esplendoroso bigote de oruga, y de lo acertadas que fueron sus teorías y propuestas para resolver crisis peores que la venezolana.

Obviamente, los voceros económicos del oficialismo apenas tuvieron tiempo de abrevar en los manualitos de Marta Harnecker, inspirados más en el nazi Martin Heidegger que en El capital de Carlos Marx; con elucubraciones desechables tanto por su simplismo como por su inaplicabilidad. Para ocultarlo se escudan en un palabrerío hueco, absurdo, descoyuntado y ajeno a la realidad que pretenden disfrazar, mas no transformar.

Entrenados en la lucha de calle, su formación no va más allá de aprender a manejar los autobuses y camiones capturados en las cercanías de la plaza Las Tres Gracias para saquearlos y quemarlos. Nada de la teoría del valor de cambio, nada del concepto del dinero, menos de la plusvalía, pero cómo les gustaba pronunciar esa palabra. Se sentían inteligentes, preparados para triunfar. Ahora, en las mieles del poder, se dividen en “ideológicos” y en “pragmáticos”, pero la única diferencia es su tipo de conexión con el mundo de las finanzas: las divisas y las importaciones inmateriales.

Las dotes que presumen los asesores cubanos son tan ausentes como real es que su país vive de la limosna o del saqueo de otros pueblos, y que con caradura llamaron subsidio en los tiempos de su entrega a la Unión Soviética, y que de un tiempo para acá denominan misiones internacionales. Su plan económico se reduce a cobrar 6.000 dólares mensuales por cada uno de los miles de médicos y entrenadores deportivos que envía al exterior y a quienes retribuyen con la oportunidad de vivir provisionalmente lejos del mar de la felicidad, jajá. Es la vuelta a la trata de esclavos en el nombre del socialismo.

En todos los años de revolución, el castrismo no ha podido construir una carretera decente ni una vía de ferrocarril, tampoco una fábrica que sirva de ejemplo. La destilería del ron Habana Club todavía utiliza las máquinas que le expropiaron a Barcadí; las viviendas que han construido son depósitos de pobres –salvo las de la nomenklatura, que las fabrican arquitectos franceses­ con los mejores materiales que ofrece Europa– y los hospitales públicos son laberintos de desdichas. Cuba no tiene economistas por la misma razón que carece de filósofos: al régimen no le interesa la producción de ideas ni que se descubran las causas de tanta pobreza y ruina. Vendo colección de escritos de Keynes, nunca leídos ni manoseados.