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Eduardo Mayobre

Intrahistoria

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Intrahistoria, según el Diccionario de la Real Academia (DRAE), es “voz introducida por el escritor don Miguel de Unamuno para designar la vida tradicional que sirve de trasfondo permanente a la historia cambiante y visible”. Se pudiera agregar que es también la vida cotidiana.

Unamuno utiliza el concepto en su primer libro de ensayos En torno al casticismo (1895), en el cual afirma: “Los periódicos nada dicen de la vida silenciosa de los millares de hombres sin historia que a todas horas del día y en todos los países del globo se levantan a una orden del sol y van a sus campos a proseguir la oscura y silenciosa labor cotidiana (…) esa vida intrahistórica, silenciosa y eterna es (…) la verdadera tradición, la tradición eterna, no la tradición mentira que se suele ir a buscar al pasado enterrado en libros y papeles y monumentos y piedras”.

Como todo lo histórico, la intrahistoria va cambiándose a sí misma, es dialéctica. En ella se unen la vida tradicional y sus valores y el afán de cada día, el ajetreo diario. Este último ya no es predominantemente ir a los campos sino a la parada de autobús para dirigirse al sitio de trabajo. Es tanto la hermosa tradición venezolana de pedirle la bendición a la madre al salir de la casa como el sumergirse en la vorágine de automóviles, motos y busetas de la calle.

Sin menoscabo de la profundidad y seriedad del concepto de intrahistoria de Unamuno, que remite a nuestras raíces hispanas, católicas e indígenas, podemos observar cómo la intrahistoria de los venezolanos se ha modificado en los últimos años para convertirse en un tormento. En el diario vivir el dar los buenos días ya no es un saludo sino una indagación sobre en cuál campo de la polarización ubicar al vecino.

Pero no sólo eso. El hacer cotidiano consiste en enfrentar las carencias más insólitas: el corte de la luz, la falta de agua, la cola en el abasto o en el supermercado, el alza de los precios. La precariedad –tanto de la vida como de las condiciones vida– se ha vuelto parte del quehacer rutinario que conforma la realidad silenciosa de cada uno de los que habitamos este suelo.

La historia, con “H” mayúscula, que pretenden acelerar los autodenominados revolucionarios se hunde en la intrahistoria de miserias que debemos padecer todos los días. Por ello suenan huecos los discursos de epopeyas y amenazas que pronuncian líderes y aspirantes a caudillos.

La contradicción entre una intrahistoria en la cual se han ido macerando el espíritu igualitario de los venezolanos y sus aspiraciones de bienestar, por una parte, y la realidad de una sociedad cada vez más excluyente y agobiante, por la otra, nos enfrenta al dilema de si seguir aceptando pasivamente los delirios de quienes aspiran a enrielar al país a sus ambiciones de mando o de ser fieles a una intrahistoria en la cual la igualdad, la concordia y la unidad nacional exigen la vigencia de un régimen democrático.

La tradición eterna, la esencia popular, no consiste en ponerse una camisa roja, ir a dar gritos en una plaza y recibir la cajita feliz mientras los predicadores recitan sus discursos o las bandas armadas oficiales realizan sus desfiles. El pueblo, en nuestro caso el pueblo venezolano, es algo más serio y más profundo. Con sus virtudes y carencias se ha venido forjando en la intrahistoria mientras se suceden caudillos, dictadores y redentores más pendientes de sí mismos que de la comunidad de la cual proceden. Quienes piensan que el pueblo es una masa informe, susceptible de arrear como un ganado, lo desprecian y lo desvalorizan e ignoran la noción y la realidad de la intrahistoria. El espíritu democrático de la segunda mitad del siglo XX es parte de ella.

Finalmente, un dato interesante. Mientras en la vigésima edición del DRAE (1984) aparece la entrada “intrahistoria”, en la decimonovena (1970) no figura. Entremedio ocurrió la muerte del “caudillo por la gracia de Dios” Francisco Franco, quien consideraba a Unamuno un apóstata, un demócrata. Vemos así cómo la autocracia interviene en los asuntos más dispares, cómo el fanatismo influye aun en las palabras. La intrahistoria, concepto trascendente, se excluyó en vida del caudillo. Podía ser peligrosa o una astucia de quienes adversaban su poder omnímodo.

Pero igual la intrahistoria seguía haciendo su trabajo. Detrás de toda la parafernalia militar de Franco, la tradición eterna del casticismo subsistía. Por más que la dictadura intentara acabar con la intrahistoria, el español genuino la sobrevivió y pudo construir un país democrático.