• Caracas (Venezuela)

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Leopoldo Tablante

Cabeza de lobo

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Una amiga bióloga me describió alguna vez sus impresiones al observar una cucaracha bajo un microscopio. No le llamaban la atención la repugnancia que inspira el insecto ni su curiosa resistencia al magnetrón de un horno de microondas. La intrigaba más que su caparazón estuviera marcado con la memoria de su hambre: retazos de papel periódico o de los últimos vegetales rasguñados, señal de que los bichos se pasan la vida de pillaje en pillaje, raspando la olla.

La imagen me recuerda la peor herencia del Rafael Caldera tardío: la idea del «chiripero», la metáfora kafkiana a la que el expresidente recurrió para referirse al electorado disperso y desengañado por el bipartidismo verdiblanco.

Entre nuestra metamorfosis en rastreros y el trauma persistente del chavismo, la autoestima del venezolano es equivalente a un ataque de epilepsia. Me gustaría saber qué piensa el doctor Manuel Barroso sobre la poblada que saqueó hace algunos días un camión de carne en la autopista Francisco Fajardo y mató, a pisotón limpio, al chofer del vehículo. Me parece que para Barroso «autoestima» designa un proceso mediante el cual yo identifico mi naturaleza, mis aptitudes y mis limitaciones para encontrarme y hallar un lugar pertinente y productivo en la vida. Cuando no me encuentro porque no tuve la suerte, o cuando tuve la suerte pero algo me impidió reconocer las ventajas, no hago contacto conmigo mismo y ¡pum!: le echo la culpa al otro, abuso de mi poder, denuncio, le pido al gobierno, le caigo a piñas a mi mujer y me abandono al desmadre, a la botella, a la piedra...

La fuerza de gravedad siempre alberga el consuelo de ser inevitable. Eso lo sabía Caldera, pero el comandante Chávez lo transformó en técnica retórica. Chávez comenzó su gestión designando culpables: llamando «moribunda» a la Constitución que rigió su generación y le permitió hacer carrera militar y multiplicó hasta el absurdo la probabilidad de su muerte, hasta que la encontró. También perforó el país hasta el fondo de su propio clientelismo, exigiendo de sus acólitos una declaración de inferioridad («soy pobre, ignorante y débil porque el pasado, y el imperialismo yanqui así me hicieron») y una sed insaciable de venganza.

El chavismo, fundacional y vicario, es un largo ajuste de cuentas. Sus autoridades principales se han fogueado en el polo del caribeo expansivo. ¿Qué diferencia fundamental existe entre el Nicolás Maduro que, porque sospecha de tres diplomáticos, amenaza con expulsar a una delegación diplomática completa; el profesor de derecho de la Universidad de los Andes que, ante la solicitud de una estudiante de impartir el material de la clase y no hacer proselitismo político en el aula, insulta y golpea a su alumna; la invasión de un edificio a medio construir; o una turba de motorizados que saquea un camión frigorífico?

La idea del chiripero simboliza esa misma ansiedad. Piense en la multitud de chiripas que se agita bajo una montaña de platos sin lavar y que se aprovecha del descuido de una familia desmoralizada. Ese correteo sucio describe tanto la desesperación de la clase media que va quedándose sin futuro y se entrega a la estampida como la del malandro de hierro limado para quien la frustración equivale a la ocurrencia de perforar un cráneo ajeno.

A finales de los años setenta hice un viaje familiar a Puerto Ordaz. Visitamos una playa del río Caroní a la que llamaban Toro Muerto. Toro Muerto no maduró como un abreboca panorámico y turístico de la Venezuela amazónica, sino como un temido barrio urbano de Ciudad Guayana. En la imaginación de un dramaturgo como Tennessee Williams, Toro Muerto habría podido ser la evidencia de que su pueblo imaginario de caníbales, Cabeza de Lobo −donde se concentra el clímax de su obra de teatro De repente el último verano−, existía en un país llamado Venezuela. Pero Toro Muerto no se dio abasto. La realidad superó la ficción y la pesadilla de Tennessee Williams cubrió a todo un país con forma de arma de fuego en el que la rapiña es el metabolismo de los que empuñan la pistola por la cacha.