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José Rafael Herrera

“Ni lo uno ni lo otro”

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Es bien conocida la frase entre los venezolanos y bien conocido su autor. Aunque quizá para los jóvenes lectores, nacidos apenas a unos cuantos años de distancia del extenso -y ya bastante desgastado- período dictatorial, convenga aclarar que no se trata de una expresión acuñada por uno de los grandes filósofos de la antigüedad clásica ni por uno de los no menos grandes pensadores del idealismo clásico alemán. No pertenece, pues, ni a Platón ni a Aristóteles, como tampoco pertenece a Fichte o a Hegel. Más humildemente hablando, el autor de la frase en cuestión, quien la pronunciaba mientras movía la cabeza de un lado para el otro, en señal de inequívoca “negación determinada”, es el ex-presidente Carlos Andrés Pérez: “Ni lo uno ni lo otro”, decía. A lo cual, casi de inmediato, y a modo de breve consulta no con su “autosuicidio” sino más bien con su autoconciencia, añadía: “todo lo contrario”.

Sin duda alguna, Carlos Andrés Pérez fue el más “dialéctico” de los presidentes andinos que ha tenido Venezuela. Y de hecho, su formación no era la de un académico que aspira a dar cuenta de “la primera causa” o de “los primeros principios” sino, más bien, la de un experimentado político atento a “los problemas subordinados de la vida de los hombres”, para citar una frase del mismísimo Hegel. Fue su personal “experiencia de la conciencia”, precisamente, la que lo hizo dar el “salto cualitativo” que va del “saber aparente” al saber propiamente dicho, sin ambages: al absoluto saber acerca de un ser social y de su conciencia que llegó a reconocerlo durante mucho tiempo como su sí mismo, como su “cabe sí”.

Lo cierto es que la frase de Pérez ha devenido paradigmática -acaso sin que él tuviese la menor sospecha de ello- para descifrar, en medio del complicado escenario al que hoy asistimos los venezolanos, y especialmente para quienes observamos, no sin preocupación, el actual quehacer político y social, el curso de los deslices ideológicos tanto de quienes se asumen -'an sich'- como “izquierdistas” o como “derechistas”. Y es que, en relación con este problema de los deslices ideológicos y de sus concomitantes extravagancias, bien valdría la pena enfatizarlo: “ni lo uno ni lo otro”. Más bien, “todo lo contrario”.

Todavía quien escribe recuerda a un viejo profesor universitario, militante de la Izquierda “progresista”, cuando, al referirse a uno de sus antiguos compañeros de la lucha armada, entonces convertido en flamante empresario y, además, en dirigente político de uno de los grandes partidos de la era democrática, lo señalaba de “tránsfuga”, es decir, de una persona que pasó, de un plumazo, de una ideología a la otra: en este caso, de la “Izquierda” a la “Derecha”. El reproche del viejo profesor apuntaba en dirección de dar explicaciones de índole moral (se trataba, en efecto, de una “desviación” del camino) o, en última instancia, a interpretar el hecho como la consecuencia directa de una débil o pésima formación ideológica. Y no resultaba difícil apreciar, detrás del señalamiento en cuestión, la descalificación del pobre “infiel”, la sentencia religiosa de quien, a fin de cuentas, se había desviado del camino “correcto”, del camino “del bien”, para asumir el camino del “mal”: el de los enemigos de “la verdad” y de su sagrada palabra “científica”.

Como aprendiz del oficio, uno se preguntaba, escuchando al viejo y respetable profesor, si en el fondo de sus juicios no había ya, anticipadamente, una posición tomada y tan absolutamente inamovible, tan de fe, tan doctrinaria que, a los efectos prácticos, muy poco tenía que ver con lo que viene a representar, stricto sensu, el pensamiento de Izquierda. Porque ¿dónde queda la irreverente autonomía de pensamiento?, ¿dónde la libertad de criterios? ¿En qué parte se sustentaban dentro de aquellos juicios la tolerancia y el respeto por la libre voluntad del otro? Y es que ¿acaso no son éstos los valores inherentes al pensamiento de Izquierda? Juzgar quiere decir objetar. De modo que, más que juicios, aquellos eran prejuicios, es decir, presuposiciones apegadas a las formas rígidas características de toda dogmática, de la ortodoxia contra la cual el pensamiento de Izquierda pretende, precisamente, insurgir. En síntesis: detrás de semejantes argumentaciones, como se podrá observar, nada científicas y más bien teologales, lo único que puede hallarse es el peor de los conservadurismos de Derecha. Es, como decía Hegel, “el otro de aquel otro, o sea, el sí mismo”, el espejo en el que se contempla el propio rostro, pero invertido.      

Los extremismos, sean de Derecha o Izquierda, tienen una característica en común: son idénticos. No son, pues, “ni lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario”. No hay peor fascista que quien con extrema vehemencia acusa a su adversario, al que considera su “enemigo”, de fascista. Y es entonces cuando se pone al descubierto, porque no habla del otro. En realidad, habla acerca de sí mismo, de aquello suyo que pretende expiar en otro. Ni peor “bolchevique” que quien pretende aplastar a su término opuesto estigmatizándolo como hereje, ateo, masón o comunista. Esa, por cierto, fue la estigmatización que históricamente tejiera la sin razón en torno a las filosofías de Bruno, Spinoza, Hegel y Marx, respectivamente, sólo por el hecho de decir la verdad.

Por cierto, muchos ortodoxos dirán que con estas líneas se intentan poner en entredicho “las tablas sagradas” del marxismo. La siguiente frase es de Marx: “cada extremo es su otro extremo. El espiritualismo abstracto es materialismo abstracto. El materialismo abstracto es el espiritualismo abstracto de la materia”. Y así como ellos, los anti-izquierdistas extremos no saben cuán extremistas de izquierda son.