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Juan Barreto

Fascismo imperial

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El presupuesto militar de Estados Unidos representa 47% de los gastos militares mundiales. Pasemos revista a algunos datos: según cálculos conservadores, Estados Unidos ha gastado en 13 años de guerra contra el “terrorismo”, es decir, Irak y Afganistán, más de 2 billones de dólares. Si comparamos esta astronómica cifra con lo que se necesitaría para acabar con el analfabetismo en el mundo (unos 49.000 millones); o con lo que se podría invertir en ese país para erradicar la pobreza de unos 50 millones de norteamericanos (300.000 millones de dólares), nos damos cuenta de cuán alta es la cifra.

Paradójicamente, si este país reduce en apenas 20% el gasto militar, desaceleraría su economía en esa misma proporción, dejando en la calle a un millón y medio de trabajadores y produciendo la quiebra de industrias como el acero, la informática, la farmacéutica y hasta el ramo de la alimentación y la confección. El imperio se halla atrapado al interior de su propia paradoja al haber amarrado el carro de su destino al caballo de la doctrina de “la guerra eterna”.

Mientras Washington espía, el fraude del “sueño americano” vive su implosión, con millones de personas desempleadas y miles de ellas en las calles, el despliegue de la sociedad de control fascista y armamentista sobre las pretensiones del sector de las altas tecnologías, son explotadas hasta sus últimas consecuencias, el “enemigo” puede ser despachado a través de un dron.

Como señala Ignacio Ramonet: “Nos lo temíamos. Y tanto la literatura (1984, de George Orwell) como el cine de anticipación (Minority Report, de Steven Spielberg) nos habían avisado: con los progresos de las tecnologías de comunicación todos acabaríamos siendo vigilados. Claro, intuíamos que esa violación de nuestra privacidad la ejercería un Estado neototalitario. Ahí nos equivocamos. Porque las inauditas revelaciones efectuadas por el valeroso Edward Snowden sobre la vigilancia orwelliana de nuestras comunicaciones acusan directamente a Estados Unidos, país antaño considerado como ‘la patria de la libertad’. Al parecer, desde la promulgación en 2001 de la ley ‘Patriot Act’ (2), eso se acabó. El propio presidente Barack Obama lo acaba de admitir: ‘No se puede tener un 100% de seguridad y un 100% de privacidad’. Bienvenidos pues, a la era del ‘Gran Hermano”...

Así se va despertando el monstruo fascista del imperio. Gilles Deleuze, en febrero de 1977 advertía que las ideas autoritarias vienen al relevo, y a la revancha; hay un ritornello, un remake, de las ideas del conservadurismo reaccionario ante el agotamiento de las institucionales demo-liberales y el Estado del bienestar, y producto de la crisis de la posguerra y el miedo a las nuevas ideas socialistas, luego de superada las crisis de la caída del Muro de Berlín.

El neofascismo en el mundo constituye entonces una posibilidad histórica, en la medida en que el modo de enfrentar la crisis de la hegemonía capitalista sea una solución de fuerza contra el avance de los sectores populares en la conquista de cambios democráticos reales de la estructura de poder social.

En una crisis histórica, en que se combinen a la vez los factores económicos con los políticos; es decir, una crisis general de autoridad, se traduce en una crisis de la eficacia de las ideologías burguesas, dando lugar a que los sectores medios vivan un extremo momento de tensión entre la opción capitalista y la opción socialista defendida por los sectores populares. De esta manera la hegemonía burguesa utiliza como masa de maniobra a los sectores medios, difundiendo una ideología reaccionaria que anhela la certidumbre de la verticalidad autoritaria, y que sacrifica la democracia política por la autoridad concentrada en una solución de fuerza.

¿Será entonces que el norteamericano medio –y el mundo entero– debemos sentirnos seguros, pues un gobierno fascista nos está vigilando?