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Demetrio Boersner

Excepcionalismo venezolano

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El término “excepcionalismo” es de origen estadounidense. En el país del norte, algunos nacionalistas lo utilizan con pretensión de superioridad; para otros, en cambio, sólo significa que ellos, por su relativo aislamiento geo-cultural, han desarrollado rasgos o costumbres peculiares. En la actualidad, ese término podría aplicarse a Venezuela –o, mejor dicho, a su actual gobierno– por su aparente anhelo de enrumbarnos en sentido diametralmente opuesto al del resto del mundo.

En efecto, mientras universalmente tiende a reafirmarse el modelo de la economía mixta (combinación de mercado y Estado, o de iniciativa privada y regulación pública), como el único que funciona –entre un capitalismo neoliberal desacreditado por la actual crisis y un socialismo autoritario que, según Fidel Castro, “no nos sirve ni a nosotros”–, el gobernante venezolano reafirma agresivamente el objetivo de aniquilar lo que aún queda de “capitalismo” en el país y de ir hacia el fracasado modelo que Cuba ya decidió desechar para sí misma.

Afortunadamente, en el seno del propio oficialismo venezolano existen núcleos sensatos, conscientes de que, por una combinación de autoritarismo, dogmatismo, incompetencia y corrupción, se ha destruido la base económica del país y provocado una crisis social y política de enorme peligrosidad, y que, por ello, debe lanzarse una inmediata política de “marcha atrás” en cuanto a expropiaciones y estatizaciones, y buscarse un entendimiento, no táctico y breve, sino estratégico y estable, entre el Estado y la empresa privada nacional e internacional. Pero tan dominante es todavía la fuerza de los núcleos extremistas y ofuscados –junto con intrigantes ambiciosos y corruptos ansiosos de salvar el pellejo– que el gobernante no se atreve a cesar su propia vocinglería radical y reconocer que hay que dialogar también en el plano político, y que los oficialistas sensatos se sienten obligados a acompañar sus consejos de moderación con la afirmación de que, aun así, siguen siendo de “línea dura”. La oposición democrática, por su parte, tiene dificultad en combinar las tareas necesarias pero disímiles de: a) presionar al régimen y motivar a su propia base popular; b) manifestar, pese a ello, su disposición a negociar o dialogar, y c) prepararse para las elecciones municipales.

Todo esto sucede en un mundo cuyas circunstancias objetivas deberían enseñar tanto a izquierdas como a derechas que no existe otra opción que la coexistencia de sus respectivas fórmulas sobre la base de economías mixtas. En ese sentido los socialistas, tanto socialdemócratas como posleninistas, deberían ponderar la sabia frase del finado Michael Harrington, de que en el siglo XXI la única estrategia revolucionaria posible es la del “gradualismo utópico”.